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EL SANTO SUDARIO
De un tiempo a esta parte están apareciendo en las librerías novelas en torno al tema religioso. Curiosamente muchas de ellas se desarrollan en torno a la catedral, esa construcción única en el mundo de la arquitectura: Los pilares de la tierra, El Código da Vinci, La catedral del mar, etc. y últimamente “el sudario” (así, con minúscula) cuyo eje de atención se centra en la catedral ovetense. Lo curioso es que por una parte se tiende a prescindir de la religión como asignatura, y por otra sorprende que tengan tanto tirón las novelas de fondo religioso. Existe un gran peligro para la gente de buena fe. De no tener una base teológica adecuada se corre el peligro de ser mal adoctrinado en una exégesis que ha sido tergiversada, y hasta falsificada la historia misma.
“EL SUDARIO”
“el sudario” (sic) es una novela escrita teniendo acaso por modelo alguna de las ya citadas. No soy especialista ni en Sagrada Escritura, ni en sindonología, ni en Tanalogía ni en ciencias de la naturaleza, pero siendo un tema que he tratado infinidad de veces en mis clases de Instituto quiero repetir aquí lo dicho entonces. Con ello pretendo, no sé si acertadamente o no, aclarar algunos extremos que, a mi entender, se vienen mal interpretando y siguen apareciendo no sólo en la novela y en los relatos de la Resurrección, sino en lo que respecta a esta pieza llamada Sudario, un lienzo sagrado que se conserva en la Cámara santa de nuestra catedral. En cuanto a su descripción, historia, etc. no entro puesto que a través de la prensa, folletos, conferencias y la propia novela hay información más que de sobra.
SUDARIO O SÁBANA
El Catecismo del P. Astete, publicado por millares, y por decenas sus ediciones, suele terminar incluyendo en sus páginas finales la “Oración del Santo Sudario”. Pero en el cuerpo de la oración solamente se habla de “la sabana santa en la cual fue envuelto tu cuerpo sacratísimo…”. En la novela también se intercambian ambas palabras a veces. “Has oído hablar del Sudario de Turín ¿no?... sudario es a veces denominado… el lienzo que cubrió la cara de Jesús después de su muerte en la cruz” (p. 218). Pero más que un lienzo, que lo es, se podría considerar un pañolón. Se llevaba antiguamente, en los primeros siglos del cristianismo, atado a la muñeca de la mano izquierda. De ahí que al agitar la mano en las despedidas tremolara el pañuelo, costumbre que perdura aún después de caer en desuso su uso en la muñeca. Se ve aún en la mano del cantante Pavaroti y servía sobre todo para limpiar el sudor (de ahí el nombre sudario) y las lágrimas. Por tanto podría ser una incorrección llamar santo sudario a la sábana santa como a veces se escucha o lee. Hasta el cambio del Vaticano II quedó en los ornamentos del sacerdote en la santa Misa con el nombre de manípulo o pañuelo de mano.
SIRVIÓ PARA ATAR NO PARA CUBRIR
El sudario ya fue estudiado por los Biblistas hace medio siglo, y ya entonces afirmaban que su misión como mortaja, no era cubrir el rostro, como se dice en la novela (p. 218) y se ha divulgado profusamente, sino apretar la mandíbula inferior a fin de que el cadáver no quedase con la boca abierta. La boca de Jesús, al morir por edema pulmonar grave, tuvo necesariamente que quedar inmensamente abierta. En la Sábana santa, supuesto gran lienzo conservado en Turín que envolvió el cuerpo del Señor inmediatamente después de la crucifixión, aparece con la boca cerrada. Luego tuvo que haber un paño que cumplió esta misión, y ese paño fue el famoso Sudario. Por tanto las huellas de sangre aunque pueden proceder de la cabeza no tienen que ver nada con “la santa faz”, sino que posiblemente son manchas de sangre o de líquidos procedentes de la manipulación durante el rito funerario al depositar el cuerpo en el sepulcro.
POSIBLE MALA TRADUCCIÓN
El sudario no estaba “enrollado en un sitio aparte” sino donde se colocó inicialmente. Lo mismo que los lienzos que envolvieron al Señor no estaban tampoco “tirados por el suelo”. La interpretación correcta sería decir que estaban allanados, es decir, que el cuerpo se había esfumado, valga la expresión, quedando el hueco y los lienzos, lógicamente al no hallar resistencia, se allanaron o abatieron hasta donde reposaba la espalda del Señor. El sudario que envolvía la cabeza no cedió al peso del lienzo, pues al estar enrollado sobre sí mismo, envolviendo el mentón contra la parte superior de la cabeza, halló más resistencia y no se hundió, es decir, estaba “en su sitio”, como inicialmente. Seguramente los discípulos incrédulos ante lo que veían, palparían el bulto con lo que terminaron de allanarlos. Esto hizo escribir al discípulo san Juan, único testigo ocular de quienes lo describen, que “vio y creyó”. De haberlos encontrado tirados por el suelo, un espacio muy reducido en aquellas tumbas excavadas en la roca, de haberlos visto así, más que creer hubiera pensado lógicamente que alguien había robado el cuerpo, como diría luego, ignorante de la Resurrección, María Magdalena. Por tanto la descripción que hacen los autores de la novela (p. 218) es discutible, por más que se apoyen en el Evangelio, mejor dicho en las malas traducciones que se han hecho del pasaje de san Juan (Jn. 20, 3-8). Aparte del tema que tratamos, los autores por dos veces al menos confunden la Cruz de los Ángeles con la Cruz de la Victoria como emblema de nuestro Principado e inducen a error a veces cuando parecen indicar que el título de monseñor es sinónimo al de Obispo, o “sacar de la ¿casulla? un trozo de papel” (p. 335) expresión difícil de entender para quien sabe el uso y cómo es este ornamento.
CLONACIÓN Y REPRODUCCIÓN ASEXUAL
No sé si los términos usados son apropiados. Consulté a algún especialista y le parecieron correctos. De todas formas es una opinión más. Extraer material genético de una célula que rodea al ovario de una hembra y trasplantar su ADN al óvulo de un nuevo individuo no debería llamarse clonación propiamente dicha, pues se trata de dos células sexuales distintas. Si esa gestación se llama clonación habría que distinguirla de la “reproducción asexual”, que consiste en obtener un ser de una sola célula estimulada químicamente, ya que en una sola célula se contiene el código de todo nuestro cuerpo por tanto capaz de reproducir otro cuerpo, (en la novela vendría a ser el de Jesús), exactamente igual al de la célula. Pudiera servir de ejemplo la imagen reflejada en un espejo, roto en pedazos tendríamos en cada pedazo una imagen igual a la reflejada antes de romperlo. Por tanto habría que diferenciar ambos procesos y usar con más propiedad los términos.
“LOS NIÑOS DEL BRASIL”
La misma idea que inspira “el sudario” de Leonard Foglia y David Richards es la desarrollada por Ira Levín en su novela “Los niños del Brasil”. No es que se trate de un plagio el haber sido ya tratado el tema anteriormente e incluso llevado al cine, pero lógicamente no se puede llamar original. En la novela de I. Levín, el “ángel de la muerte” Joseph Mengele, que ya había experimentado con gemelos en Autschwitz, logra clonar células de Hitler, gestadas por madres de alquiler, obteniendo 94 seres como Hitler que luego se diseminan por el mundo.
FE EN LA RESURRECCIÓN
En otro orden de cosas, creo que tratar de demostrar la Resurrección de Cristo por medios científicos y experimentos genéticos me parece un falso planteamiento. Algunos creyentes dan la sensación de que necesitan una prueba científica para creer. Con pruebas científicas la fe está de más. La fe en la Resurrección se apoyó siempre en el testimonio de testigos oculares no en pruebas científicas, pues en tal caso dejaría de ser tal, y la religión más que un artículo de fe sería más bien un capítulo más para la historia. Sucede algo así hoy con el milagro exigido para canonizar a un futuro santo cuando se trata de respaldar una curación científicamente. Pero la ciencia se puede equivocar. Creer en el médico que nos lo certifica no es fe divina, y médicos y científicos pueden dar por milagro lo que con el tiempo se demuestre que fue debido a causas naturales ¿Al comprobarlo invalidaría la canonización? Analizamos científicamente la Sábana santa y el Sudario, abrimos la Biblia, escudriñamos las sagradas Escrituras (también los fariseos lo hicieron alguna vez: En Belén de Judá, así está escrito) pero se quedaron sin ver al Salvador. Lo vieron los pastores, gentes sencillas sin saberes ni ciencia. Pudiera sucedernos como a aquel que estudia un DVD, analiza su sistema de codificación, sus capas, su composición, velocidad de grabación, su estructura molecular, etc., pero no se detiene nunca a escuchar su mensaje.
Una nueva novela, de nuevo Oviedo y su catedral, de nuevo se va a hablar de la Encarnación o Resurrección de Cristo… mientras se lleva a cabo el apagón religioso en las aulas. De todas formas habrá que aprovechar hasta estos haces de luz que hablan del espíritu y sobre todo del Señor, para acercarnos un poco más a Él, verlo mejor y tratar de que su mensaje de amor, de paz, de justicia y caridad informe nuestras vidas. Cualquier motivo que nos acerque al mundo del espíritu, siempre que quien lo descubra y analice tenga una formación adecuada para distinguir el trigo de la cizaña, bienvenida sea.
J. M. Feito |