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DON QUIJOTE Y EL ROSARIO
En este mes de octubre, en el que se conmemora “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros” (Lepanto, 7 de octubre de 1571), gesta en la que Cervantes tomó parte, y que dio pie a la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, luego del Rosario, creo que no está de más un comentario sobre Don Quijote y el rosario.
UN NOMBRE DE MUJER
Rosario, que es nombre de mujer lo es también de una antigua devoción muy arraigada en el pueblo cristiano. Basta recordar, aparte del rosario rezado hace años en familia tras la cena, su rezo actualmente en los velatorios de difuntos. Son muchos los nombres de mujer que evocan esta flor y esta plegaria: Rosa, Rosario (Charo), Rosalía, Rósula, Rosalina, Rosina, Rosamunda, Rosalba, Rosana, etc. En Grecia aparece por primera vez el nombre “rodon” (rosa), una ciudad, Rosas, lleva su nombre, se repetía por entonces una cincuentena de palabras en las que estaba presente la rosa. En Roma un “rosarium” era una rosaleda y un “rosarius” un vendedor de rosas. Actualmente todos sabemos lo que es un rosario. Y fue según la tradición, Santo Domingo de Guzmán quien lo introduce en Europa, (pese al olvido en que lo han sumido, ver por ejemplo la Carta Apostólica “Rosarium Virginia Mariae”, 16 de octubre de 2002).
CAMÁNDULA O ROSARIO
Pero no siempre se le llamó ni en todas partes rosario. También fue conocido por el nombre de camándula. Los primeros testimonios literarios desde luego lo denominan llanamente cuentas. Más tardío es el nombre de Himno áureo. La palabra con la que se designa en italiano es corona, en francés e inglés: chapelet, también se le llama en inglés rosary y patenoster (aún se conserva una calle en Londres con el nombre de “Paternoster Row” que alude a los fabricantes de rosarios o “paternosters” cuyo gremio tenía en ella su residencia). Y de entre los diversos símbolos con que el cristianismo quiso representar a María prevaleció el de la “rosa” que luego incorporaron diversos movimientos políticos e ideológicos (rosacruces, por ejemplo) por ser de los más poéticos, sugerentes y emotivos; y también debido a la antigua costumbre, religiosa y pagana, de coronarse de rosas. Y con corona de rosas (chapelet de roses) se ceñía de igual modo a las imágenes.
El Rosario, o camándula (Dicc. RAE), es, según definición del Breviario Romano, (lección IV, de Maitines de su oficio), un rezo que consta de 150 Ave Marías intercalando en cada decena un Padrenuestro, un Gloria al Padre, y la contemplación de un misterio de la vida de Jesús. Era una forma de suplir los 150 Salmos bíblicos que rezaban los monjes a distintas horas, por una devoción al alcance de la mano, nunca mejor dicho, de las gentes sencillas y de pocas letras. Juan Pablo II añadió 50 más con lo que gana en cantidad de temas a meditar pero pierde en profundidad simbólica, además del cataclismo tipográfico de tener que cambiar su definición en diccionarios, devocionarios, etc. Pero prescindamos aquí de más consideraciones piadosas, sin detenernos tampoco a analizar su controvertido origen, su historia e influencia, y el aprecio que de él han hecho desde los Papas hasta las más recientes supuestas apariciones (Fátima). Nos interesa para nuestro propósito analizar qué presencia pudo haber tenido en El Quijote. Pues bien, aunque parezca extraño hasta el mismísimo Don Quijote rezaba el rosario. Así se desprende de la lectura de los siguientes pasajes:
LEYENDO LA OBRA
En el c. XXVI de la Iª parte: “Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo Don Quijote, en Sierra Morena, dice Cervantes que el buen hidalgo, queriendo imitar a Amadís de Gaula: “...lo más que él (Amadís) hizo fue rezar; y así haré yo, y sirviéndole de rosario unas agallas grandes de alcornoque, de que hizo un diez, y que ensartó, lo que le fatigaba mucho era no hallar por allí otro ermitaño que le confesase y con quien consolarse...”
Aunque en esta primera salida Don Quijote no llevaba rosario por lo que se sirve de un improvisado ábaco hecho con el fruto del alcornoque, sin embargo en el c. XLVI de la IIª parte (donde se habla “Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió Don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora”), lo encontramos saltando de la cama y... “... púsose en la cabeza una montera de terciopelo verde guarnecida de pasamanos de plata... asió un gran rosario que consigo continuo traía... y salió a la antesala donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como aguardándole...”.
Algo debía de inquietar el rosario al buen hidalgo ya que en la visión de la Cueva de Montesino (e. XXIII, IIª parte) al describir al “venerable anciano vestido con un capuz de bayeta morada” añade que “... no traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de avestruz...”.
Aquel rosario no sólo servía a Don Quijote para rezar sino de ábaco para contar, según leemos en el c. LXXI de la IIª parte, como hacen los árabes e hindúes con el suyo. Yendo de regreso con su escudero a la aldea, queriendo pagar con azotes el desencanto de Dulcinea, convence a su escudero para que cumpla dicha disciplina, y “...porque no pierdas por, carta de más ni de menos, yo estaré desde aparte contando por este rosario los azotes que te dieres”, lo cual indica que lo tuvo consigo, al menos durante todo el tercer viaje hasta el regreso a su pueblo.
Finalmente encontramos una lacónica descripción a propósito de la sarta que Teresa Panza traía colgada al cuello, que ya en esto se adelantó ¡quién lo diría! a la moda hoy en uso de traer un rosario por collar: “las avemarías y los padrenuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora”, (IIª p., c. L).
LA MÁS ALTA OCASIÓN...
Que sirvan estas líneas como un sencillo homenaje más y recordatorio de aquella victoria impar en las aguas de Corinto, que bajo la advocación de la Virgen de la Victoria, más tarde llamada del Rosario, “el Manco de Lepanto” calificó como “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”. J.M.F. |