¿Un poco de música navideña? 
tamborilero.midi 
PREGÓN DE NAVIDAD 2001
 
Fue una noche sin par. Hoy las calles tiritan de neón y de palabras. Pequeños arbolitos talados por las manos de un herodes cualquiera de los bosques, adornan nuestras casas. Aquella noche no. Fue una noche sin par.
Leví frente a la lumbre contaba la misma historia que año tras año seguía repitiendo con las mismas palabras. Aquella noche santa estábamos aquí, en este mismo sitio. Aún me tiemblan los labios y el corazón al recordarlo.
Arriba en las montañas descendía la nieve hecha palabra como si Dios deshojase los almendros en flor del Paraíso para alfombrar los caminos de su Hijo.
Yo era aún muy niño. Mi padre estaba ciego. Se llamaba Rubén. El anciano Rubén. Sus ojos siempre fijos en la altura, mirando sin mirar siempre esperando, esperando... ¿qué esperaba?
Fue entonces cuando el cielo poco a poco se fue abriendo, se fue como agrandando, brillaron todas las estrellas y el aire se llenó de resplandores.
Rubén se puso en pie. Mil ángeles cantaban: Gloria a Dios en las alturas. Rubén se puso en pie. Abrió sus ojos, sus manos se extendieron hacia el cielo gritando: Mirad aquella luz... ya veo, oh Dios, ya veo! Mirad allá a lo lejos..
En medio de la noche, en una gruta del monte un hombre temblando de ternura y una Virgen de rodillas adoraban los dos aquel misterio de un Dios recién nacido en medio del silencio y de las sombras, en medio de los suyos.
En todos los caminos las figuras del "Belén" cobraron movimiento. Rubén quedó asombrado contemplando...., veía aquel Belén (casa de pan quiero decir) hecho de ensueño y profecía y en él al molinero que un día haría en su molino un pan blanquísimo donde esconder el cuerpo sagrado de aquel niño.
Veía mas allá a la mujer Samaritana convertida, que un día sacaría agua para apagar la sed de un Dios, de un Dios sentado al borde del pozo de la angustia, agua que salta hasta la vida eterna.
Se veía a sí mismo anciano y achacoso, veía cómo brillaba la luz de Dios en sus pupilas. Abrió su grandes ojos. Al fín Rubén veía. Veía en esta noche repetida su historia. Sólo tras de los muros del ciclópeo palacio no pudo ver ya nada, allí donde se esconde la mentira y la venganza, los cuchillos que segarán gargantas de niños inocentes, allí tras de los muros se agazapa el odio, la riqueza, el ansia de poder... quizás vio allí la sangre roja que en este mismo instante mancha tantos caminos que no llegarán nunca hasta el hogar soñado.
Rubén no entiende nada, y mira hacia la cueva. É1 era un pastor más, allí dentro acababa de llegar al pastor de los pastores, nacido entre las rocas como fuente sagrada para la sed del hombre, para la paz del hombre.
Flotando en el ambiente se escuchaba... (la voz no sé de quién) al socaire de la noche aquellos versos de algún viejo poeta:
Pastor bueno que mi alma
te acompañe en el sendero silencioso...
Pastor bueno, que en la calma
de la noche y el reposo
¡que mi canto te acompañe...
Que en la noche plateada,
cuando todo ya en silencio está durmiendo
que te encuentre en mi morada
para ver si al fin entiendo
el no sé qué... que...que... quedas balbuciendo.
Fue una noche sin par. Pues Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros...
La luz se va quebrando, se encienden las estrellas. Leví volvió a sentarse para avivar el fuego. Lentamente y de nuevo las sombras inundan los torrentes, las fuentes, las montañas...
Una estrella ha pasado en busca de otras manos, en busca de otros ojos que al menos comprendan el misterio del Dios que nos fue dado. Pues la aldea dormía en el fondo del valle... Dormía de espaldas a todo este misterio. Sólo una luna alta, caracola en la noche, bosteza altos silencios de presagios y dones.
Una estrella ha pasado en busca de otras manos, de otros ojos que aguardan al Sol Invicto y Santo.
Y ante tanto silencio, desprecio e indiferencia una estrella ha pasado en busca de otros pueblos... Só1o la voz de un hombre, de un poeta lejano... de la lejana India, Rabindranat Tagore se alza en el silencio de la noche mesiánica sollozando... gritando ante tanto silencio, desprecio e indiferencia:
¡Jesús! ¿Por qué no naciste entre nosotros y te llevaríamos en la frente y en el corazón?


     PREGÓN DE NAVIDAD 2000
Sigilosa, blanca, dulcemente llegó Navidad. Bajó de las montañas, avanzó por los caminos cubierta con el blanco manto de la nieve, y un año más llamó trémula y fría con sus nudillos de granizo en las ventanas. Llegó tan silenciosa y queda que nadie se dio cuenta...
Y con la Navidad se acerca Dios. Se acercó aquella noche a la gruta de Belén (¡quién lo ha visto y quien lo ve!), se acerca en esta noche a nuestras almas sin saber de qué modo ni por qué caminos... ni de dónde... ni hasta cuando...
Todo es noche invernal. En lo más alto del cielo millones de luceros tintinean de frío como si fueran las campanillas del manto de Dios.
Los pastores espantan los lobos encendiendo fogatas, y la helada cae vertical y dura, blanca e implacable como una lluvia de agujas sobre sus ateridos cuerpos.
Cesar Octavio Augusto, emperador y pontífice máximo, hijo adoptivo de Julio César,y en su nombre Publio Sulpicio Quirino, pretor y legado imperial de Siria, ordena hacer un censo entre sus súbditos de Palestina.
Cada familia debía presentarse en la ciudad de origen para dar su nombre y después pagar con el impuesto correspondiente al invasor. Siempre los impuestos, siempre. No obstante en el mundo reinaba la paz octaviana cantada por poetas y Sibilas.
Los caminos del Imperio se llenan de peregrinos. Hacia Belén van dos de ellos, dos súbditos más, que tratan de cumplir con lo ordenado. Él se llama José, ella María. La sombra los envuelve. María mira al cielo. Espera un niño, y como ensayando mece en el aire entre sus manos  un poco de noche  que acuna infantilmente mientras canta como para adormecerla:
¡Nochecita de Belén,
duerme tu nana de estrellas
en mis manos!. No te asombres,
que son de joven morena.
Duerme tú en ellas, la noche,
primer pañal que escogiera
mi pequeño Dios el día
que vio con ojos la tierra
y a ti te vio pequeñita
temblando junto a la hoguera...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Nochecita de Belén,
primer pañal de la espera,
no llores tanto rocío
cuando el alba te despierta,
ven junto a mí y en mis manos
dormirás nana de estrellas..."
Y la noche sonreía dulce y pálida sobre el pañal de la nieve haciendo de cuando en cuando con su boquita de luna pucheros de luz en el brocal del pozo donde la mujer Samaritana saca con su cántaro el agua de la vida.
Más allá de la noche María y José buscan albergue y nadie se lo da.
José.- Busco posada, señor.
Posadero.- No disponemos de espacio
       para poderos tener.
    José.- Un rincón tan sólo pido
           para esta santa mujer;
            para mí no pido nada
                 que afuera me quedaré...
Pero el mesonero dio un portazo por respuesta y les volvió la espalda. "El negocio es el negocio" .... murmuró entre dientes. Aquellos dos huéspedes no tenían trazas de disponer ni de un ochavo. Y con el alma desconsolada se acercan a un viejo caserón deshabitado y ahora asilo de animales.
 La noche es hermosa y fría. No se oye más que el lejano balar de las ovejas y el monótono run run que hace el viento al pasar moviendo las aspas del único molino que muele trigo en Belén.
José prepara aquel rincón, hace el fuego para calentar la estancia. Enciende su corazón de amor pues sabe que el momento está pronto. María reza y calla, como siempre, Nuestra Señora del Silencio. Así tenía que ser para que en ella sonara, resonara, se per-sonara con más fuerza la Palabra, la Palabra hecha carne.
Fue en un instante, en un abrir y cerrar de ojos cuando el cielo se llenó de ángeles que cantaban, de música que mecía, que acunaba todo el valle, fue sólo en un instante cuando Dios llegó a la tierra en figura de niño recién nacido, lloriqueando e indefenso... El cielo entero se hizo resplandor, era la luz que venía a los suyos pero los suyos no la recibieron, prefirieron las tinieblas del mesón a la luz del portal...
Y en la noche la nieve
que el viento lleva
con su pasito leve
llega a la cueva.
Belén dormía.
Y una nana a su Hijo
canta María:
"Duerme, hijito del alma,
no tengas pena
que la noche está en calma,
la luna llena.
Noche es tu cuna
y tu madre te arropa
con luz de luna.
Si supieras, querido,
cuánto te quiero,
cuánto llevo sufrido,
blanco cordero...
Pero ¿qué digo?
Si por amor te has vuelto
de rey mendigo.
Duerme, corderín mío,
que en mi compaña
no te hará daño el frío
de la montaña.
Duerme y no llores
también la nieve duerme
sobre las flores.
¡Duerme, lucero mío!
¿Qué te desvela...?
San José está rendido
de tanta espera
y se quedó dormido
junto a la hoguera.
Luego la luz se fue alejando valle abajo, por los caminos que apriscos y majadas en busca de corazones puros porque toda alegría si no se participa es huérfana.
Unos pastores velaban sus rebaños a media noche. Miraban hacia el cielo esperando que llegara  la alborada, y la noche se hacía interminable. En esto también la luz los inundó a ellos. Asustados no sabían qué pensar. Pero enseguida una voz desde las nubes les calmó anunciándoles:
Pastores que en la noche
mirais al cielo
hoy traigo una gran nueva
a vuestro pueblo:
Hoy ha nacido Cristo,
Señor, rey vuestro...
Y la voz se fue extinguiendo hasta dejar el valle otra vez bajo el inmenso manto del silencio a la luz de una luna blanca y fría.
Muy cerca del portal vivía una ancianita que cada noche, a la luz de un candil y acurrucada en cualquier rincón, trabajaba, tejía, hilaba ... ¿Para quién? Nadie lo supo nunca. Nadie. Ni quien era ni de donde venía. Acaso representaba las viejas tradiciones populares tan arraigadas en las gentes. ¿Quién lo sabe? Había visto el milagro pero como quien sabe algo ya de antiguo no hizo ademán alguno ni siquiera levantó sus ojos. Ella seguía, seguía en su lugar hilando y tejiendo historias y leyendas... Era la voz del pueblo, siempre ahí misteriosa y antigua, al pie del misterio.
Los pastores después de hablar entre sí y a la vista del milagro y de la luz que se les había aparecido en el cielo decidieron ir hacia el portal a ver aquel prodigio.
Una vez todos dentro fueron dejando a los pies del Niño los humildes dones que de su mísera choza habían podido traer: queso, requesón, una piel de oveja ...
No sabemos cuánto duró aquello. El tiempo se desvanecía y caía en forma de copos o campanadas de luz. Una brisa invernal oreaba los campos mientras el día clareaba y las estrellas se apagaban sigilosa, dulcemente. ¿Cómo alumbrar cuando el sol de los soles lucía ya en el mundo?
Por el camino del desierto, envueltos en una nube de arena se acercan tres personajes. Han estado pidiendo informes en el Palacio de Herodes pero Herodes de momento no sabe o no quiere saber nada de aquel niño.
"Id primero y le adoráis. Después, a vuestro regreso, me informáis de cuanto hayáis visto para ir yo también a adorarle."
Sí, sí, bueno era él para tener rivales... Los personajes son tres magos de Oriente que vienen desde la cuna donde nace el día hasta el portal donde ha nacido el sol, luz de luz.
Hace ya 36 años que en Miranda celebramos de este modo Nochebuena y Navidad. Miranda es un belén. Suenan campanas. Un aire cálido como traído del desierto nos envuelve. La estrella sigue esta noche ahí, colgada de lo más alto del cielo anunciando a los hombres que Dios nace de nuevo a cada instante.
Todos somos figuras en el Belén del pueblo, quien vestido de pastor, quien de oveja, quien de lobo, quien de anciana que teje o hila, quien de mesonero cascarrabias o de Herodes sanguinario o de humilde rey mago. Todos, pequeños y grandes, querámoslo o no somos figuras de un Belén inmenso, que cada uno escoge según su modo de proceder.
También el corazón es un belén. En él vamos poniendo figuras, figuras de gracia o de pasión: la humildad del pastor, el silencio de María, la dedicación de José, el trabajo de la anciana, el desprecio y la soberbia del mesonero o el odio y la venganza, la envidia al fin y al cabo, de Herodes.
No hagamos un belén sólo de barro, hagámoslo sobre todo de amor de Dios, eliminemos los castillos de la soberbia, los mesones del egoísmo cerrados a cal y canto a quien les pide ayuda, abramos el corazón de par en par a todos...
porque hoy ya es Navidad.
De las arenas del desierto llega un mensajero que recorre este belén del alma invitando a cantar y a festejar como nunca este día. Pregonaba al alto la lleva:
¡Venid a Belén, porque es Navidad! Demos amor y gracia a manos llenas...! Porque es Navidad...
Luego se perdió por la callejas repitiendo:
¡Venid a Belén porque es Navidad! ... y el eco repetía ... Navidad... dad... dad.... y las campanas repicaban más y más alegres mientras la estrella con su melena al viento, desde su alta cuna, iluminada con hermosas letras de oro y luz, gritaba también  con más y más fuerza:
¡Dios ha nacido, amigos! Venid a Belén! Dios ha nacido ¡Feliz, feliz Navidad!