Fue una noche sin par. Hoy las calles tiritan de
neón y de palabras. Pequeños arbolitos talados por las manos
de un herodes cualquiera de los bosques, adornan nuestras casas. Aquella
noche no. Fue una noche sin par.
Leví frente a la lumbre contaba la
misma historia que año tras año seguía repitiendo
con las mismas palabras. Aquella noche santa estábamos aquí,
en este mismo sitio. Aún me tiemblan los labios y el corazón
al recordarlo.
Arriba en las montañas descendía la
nieve hecha palabra como si Dios deshojase los almendros en flor del Paraíso
para alfombrar los caminos de su Hijo.
Yo era aún muy niño. Mi padre estaba
ciego. Se llamaba Rubén. El anciano Rubén.
Sus ojos siempre fijos en la altura, mirando sin mirar siempre esperando,
esperando... ¿qué esperaba?
Fue entonces cuando el cielo poco a poco se fue abriendo,
se fue como agrandando, brillaron todas las estrellas y el aire se llenó
de resplandores.
Rubén se puso en pie. Mil ángeles
cantaban: Gloria a Dios en las alturas. Rubén se puso
en pie. Abrió sus ojos, sus manos se extendieron hacia el cielo
gritando: Mirad aquella luz... ya veo, oh Dios, ya veo! Mirad allá
a lo lejos..
En medio de la noche, en una gruta del monte un hombre
temblando de ternura y una Virgen de rodillas adoraban los dos aquel misterio
de un Dios recién nacido en medio del silencio y de las sombras,
en medio de los suyos.
En todos los caminos las figuras del "Belén"
cobraron movimiento. Rubén quedó asombrado contemplando....,
veía aquel Belén (casa de pan quiero decir) hecho de ensueño
y profecía y en él al molinero que un día haría
en su molino un pan blanquísimo donde esconder el cuerpo sagrado
de aquel niño.
Veía mas allá a la mujer Samaritana
convertida, que un día sacaría agua para apagar la sed de
un Dios, de un Dios sentado al borde del pozo de la angustia, agua que
salta hasta la vida eterna.
Se veía a sí mismo anciano y achacoso,
veía cómo brillaba la luz de Dios en sus pupilas. Abrió
su grandes ojos. Al fín Rubén veía. Veía
en esta noche repetida su historia. Sólo tras de los muros del ciclópeo
palacio no pudo ver ya nada, allí donde se esconde la mentira y
la venganza, los cuchillos que segarán gargantas de niños
inocentes, allí tras de los muros se agazapa el odio, la riqueza,
el ansia de poder... quizás vio allí la sangre roja que en
este mismo instante mancha tantos caminos que no llegarán nunca
hasta el hogar soñado.
Rubén no entiende nada, y mira hacia
la cueva. É1 era un pastor más, allí dentro acababa
de llegar al pastor de los pastores, nacido entre las rocas como fuente
sagrada para la sed del hombre, para la paz del hombre.
Flotando en el ambiente se escuchaba... (la voz no
sé de quién) al socaire de la noche aquellos versos de algún
viejo poeta:
Pastor bueno que mi alma
te acompañe en el sendero silencioso...
Pastor bueno, que en la calma
de la noche y el reposo
¡que mi canto te acompañe...
Que en la noche plateada,
cuando todo ya en silencio está durmiendo
que te encuentre en mi morada
para ver si al fin entiendo
el no sé qué... que...que... quedas
balbuciendo.
Fue una noche sin par. Pues Dios se hizo hombre y
habitó entre nosotros...
La luz se va quebrando, se encienden las estrellas.
Leví volvió a sentarse para avivar el fuego. Lentamente
y de nuevo las sombras inundan los torrentes, las fuentes, las montañas...
Una estrella ha pasado en busca de otras manos, en
busca de otros ojos que al menos comprendan el misterio del Dios que nos
fue dado. Pues la aldea dormía en el fondo del valle... Dormía
de espaldas a todo este misterio. Sólo una luna alta, caracola en
la noche, bosteza altos silencios de presagios y dones.
Una estrella ha pasado en busca de otras manos, de
otros ojos que aguardan al Sol Invicto y Santo.
Y ante tanto silencio, desprecio e indiferencia una
estrella ha pasado en busca de otros pueblos... Só1o la voz de un
hombre, de un poeta lejano... de la lejana India, Rabindranat Tagore
se alza en el silencio de la noche mesiánica sollozando... gritando
ante tanto silencio, desprecio e indiferencia:
¡Jesús! ¿Por qué
no naciste entre nosotros y te llevaríamos en la frente y en el
corazón?
PREGÓN
DE NAVIDAD 2000
Sigilosa, blanca, dulcemente llegó Navidad.
Bajó de las montañas, avanzó por los caminos cubierta
con el blanco manto de la nieve, y un año más llamó
trémula y fría con sus nudillos de granizo en las ventanas.
Llegó tan silenciosa y queda que nadie se dio cuenta...
Y con la Navidad se acerca Dios. Se acercó
aquella noche a la gruta de Belén (¡quién lo ha visto
y quien lo ve!), se acerca en esta noche a nuestras almas sin saber de
qué modo ni por qué caminos... ni de dónde... ni hasta
cuando...
Todo es noche invernal. En lo más alto del
cielo millones de luceros tintinean de frío como si fueran las campanillas
del manto de Dios.
Los pastores espantan los lobos encendiendo fogatas,
y la helada cae vertical y dura, blanca e implacable como una lluvia de
agujas sobre sus ateridos cuerpos.
Cesar Octavio Augusto, emperador y pontífice
máximo, hijo adoptivo de Julio César,y en su nombre
Publio Sulpicio Quirino, pretor y legado imperial de Siria, ordena
hacer un censo entre sus súbditos de Palestina.
Cada familia debía presentarse en la ciudad
de origen para dar su nombre y después pagar con el impuesto correspondiente
al invasor. Siempre los impuestos, siempre. No obstante en el mundo reinaba
la paz octaviana cantada por poetas y Sibilas.
Los caminos del Imperio se llenan de peregrinos.
Hacia Belén van dos de ellos, dos súbditos más, que
tratan de cumplir con lo ordenado. Él se llama José,
ella María. La sombra los envuelve. María mira
al cielo. Espera un niño, y como ensayando mece en el aire entre
sus manos un poco de noche que acuna infantilmente mientras
canta como para adormecerla:
¡Nochecita de Belén,
duerme tu nana de estrellas
en mis manos!. No te asombres,
que son de joven morena.
Duerme tú en ellas, la noche,
primer pañal que escogiera
mi pequeño Dios el día
que vio con ojos la tierra
y a ti te vio pequeñita
temblando junto a la hoguera...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Nochecita de Belén,
primer pañal de la espera,
no llores tanto rocío
cuando el alba te despierta,
ven junto a mí y en mis manos
dormirás nana de estrellas..."
Y la noche sonreía dulce y pálida sobre
el pañal de la nieve haciendo de cuando en cuando con su boquita
de luna pucheros de luz en el brocal del pozo donde la mujer Samaritana
saca con su cántaro el agua de la vida.
Más allá de la noche María
y José buscan albergue y nadie se lo da.
José.- Busco posada, señor.
Posadero.- No disponemos de espacio
para poderos
tener.
José.- Un rincón
tan sólo pido
para esta santa mujer;
para mí no pido nada
que afuera me quedaré...
Pero el mesonero dio un portazo por respuesta y les
volvió la espalda. "El negocio es el negocio" .... murmuró
entre dientes. Aquellos dos huéspedes no tenían trazas de
disponer ni de un ochavo. Y con el alma desconsolada se acercan a un viejo
caserón deshabitado y ahora asilo de animales.
La noche es hermosa y fría. No se oye
más que el lejano balar de las ovejas y el monótono run
run que hace el viento al pasar moviendo las aspas del único
molino que muele trigo en Belén.
José prepara aquel rincón, hace
el fuego para calentar la estancia. Enciende su corazón de amor
pues sabe que el momento está pronto. María reza y
calla, como siempre, Nuestra Señora del Silencio. Así
tenía que ser para que en ella sonara, resonara, se
per-sonara con más fuerza la Palabra, la Palabra
hecha carne.
Fue en un instante, en un abrir y cerrar de ojos
cuando el cielo se llenó de ángeles que cantaban, de música
que mecía, que acunaba todo el valle, fue sólo en un instante
cuando Dios llegó a la tierra en figura de niño recién
nacido, lloriqueando e indefenso... El cielo entero se hizo resplandor,
era la luz que venía a los suyos pero los suyos no la recibieron,
prefirieron las tinieblas del mesón a la luz del portal...
Y en la noche la nieve
que el viento lleva
con su pasito leve
llega a la cueva.
Belén dormía.
Y una nana a su Hijo
canta María:
"Duerme, hijito del alma,
no tengas pena
que la noche está en calma,
la luna llena.
Noche es tu cuna
y tu madre te arropa
con luz de luna.
Si supieras, querido,
cuánto te quiero,
cuánto llevo sufrido,
blanco cordero...
Pero ¿qué digo?
Si por amor te has vuelto
de rey mendigo.
Duerme, corderín mío,
que en mi compaña
no te hará daño el frío
de la montaña.
Duerme y no llores
también la nieve duerme
sobre las flores.
¡Duerme, lucero mío!
¿Qué te desvela...?
San José está rendido
de tanta espera
y se quedó dormido
junto a la hoguera.
Luego la luz se fue alejando valle abajo, por los
caminos que apriscos y majadas en busca de corazones puros porque toda
alegría si no se participa es huérfana.
Unos pastores velaban sus rebaños a media
noche. Miraban hacia el cielo esperando que llegara la alborada,
y la noche se hacía interminable. En esto también la luz
los inundó a ellos. Asustados no sabían qué pensar.
Pero enseguida una voz desde las nubes les calmó anunciándoles:
Pastores que en la noche
mirais al cielo
hoy traigo una gran nueva
a vuestro pueblo:
Hoy ha nacido Cristo,
Señor, rey vuestro...
Y la voz se fue extinguiendo hasta dejar el valle
otra vez bajo el inmenso manto del silencio a la luz de una luna blanca
y fría.
Muy cerca del portal vivía una ancianita que
cada noche, a la luz de un candil y acurrucada en cualquier rincón,
trabajaba, tejía, hilaba ... ¿Para quién? Nadie lo
supo nunca. Nadie. Ni quien era ni de donde venía. Acaso representaba
las viejas tradiciones populares tan arraigadas en las gentes. ¿Quién
lo sabe? Había visto el milagro pero como quien sabe algo ya de
antiguo no hizo ademán alguno ni siquiera levantó sus ojos.
Ella seguía, seguía en su lugar hilando y tejiendo historias
y leyendas... Era la voz del pueblo, siempre ahí misteriosa y antigua,
al pie del misterio.
Los pastores después de hablar entre sí
y a la vista del milagro y de la luz que se les había aparecido
en el cielo decidieron ir hacia el portal a ver aquel prodigio.
Una vez todos dentro fueron dejando a los pies del
Niño los humildes dones que de su mísera choza habían
podido traer: queso, requesón, una piel de oveja ...
No sabemos cuánto duró aquello. El
tiempo se desvanecía y caía en forma de copos o campanadas
de luz. Una brisa invernal oreaba los campos mientras el día clareaba
y las estrellas se apagaban sigilosa, dulcemente. ¿Cómo alumbrar
cuando el sol de los soles lucía ya en el mundo?
Por el camino del desierto, envueltos en una nube
de arena se acercan tres personajes. Han estado pidiendo informes en el
Palacio de Herodes pero Herodes de momento no sabe o no quiere
saber nada de aquel niño.
"Id primero y le adoráis. Después,
a vuestro regreso, me informáis de cuanto hayáis visto para
ir yo también a adorarle."
Sí, sí, bueno era él para tener
rivales... Los personajes son tres magos de Oriente que vienen desde la
cuna donde nace el día hasta el portal donde ha nacido el sol, luz
de luz.
Hace ya 36 años que en Miranda celebramos
de este modo Nochebuena y Navidad. Miranda es un belén. Suenan campanas.
Un aire cálido como traído del desierto nos envuelve. La
estrella sigue esta noche ahí, colgada de lo más alto del
cielo anunciando a los hombres que Dios nace de nuevo a cada instante.
Todos somos figuras en el Belén del pueblo,
quien vestido de pastor, quien de oveja, quien de lobo, quien de anciana
que teje o hila, quien de mesonero cascarrabias o de Herodes sanguinario
o de humilde rey mago. Todos, pequeños y grandes, querámoslo
o no somos figuras de un Belén inmenso, que cada uno escoge según
su modo de proceder.
También el corazón es un belén.
En él vamos poniendo figuras, figuras de gracia o de pasión:
la humildad del pastor, el silencio de María, la dedicación
de José, el trabajo de la anciana, el desprecio y la soberbia
del mesonero o el odio y la venganza, la envidia al fin y al cabo, de Herodes.
No hagamos un belén sólo de barro,
hagámoslo sobre todo de amor de Dios, eliminemos los castillos de
la soberbia, los mesones del egoísmo cerrados a cal y canto a quien
les pide ayuda, abramos el corazón de par en par a todos...
porque hoy ya es Navidad.
De las arenas del desierto llega un mensajero que
recorre este belén del alma invitando a cantar y a festejar como
nunca este día. Pregonaba al alto la lleva:
¡Venid a Belén, porque es Navidad!
Demos amor y gracia a manos llenas...! Porque es Navidad...
Luego se perdió por la callejas repitiendo:
¡Venid a Belén porque es Navidad!
... y el eco repetía ... Navidad... dad... dad.... y
las campanas repicaban más y más alegres mientras la estrella
con su melena al viento, desde su alta cuna, iluminada con hermosas letras
de oro y luz, gritaba también con más y más
fuerza:
¡Dios ha nacido, amigos! Venid a Belén!
Dios ha nacido ¡Feliz, feliz Navidad!