UN PEREGRINO  QUE AÚN NO LLEGÓ A COMPOSTELA

 

 

 

 

          Y mira tú que lleva casi ochenta y cinco años de camino, hacia el sepulcro del Apóstol…

Casi ochenta y cinco años, peregrino sin llegar a Compostela,  escuchando los romances que entona el ciego de San Fiz, entre endemoniados y posesas víctimas del ramo cativo, feliz entre malatos y meigatos que ponen frío en sus tuétanos. Se le conoce por “el peregrino de la barba florida” y así quiso el autor representarse en su “ex libris”.

          Aún se escucha su voz en la lejanía del tiempo suplicar: “Llévame a Compostela, camino hecho por sandalias de ángeles”. Muchas leguas lleva ya el peregrino, tiene sed… se acerca a la fuente, y está la fuente seca, y termina compartiendo choza y lecho con la pastora Marcela.

Aquí el poeta en una arriesgada superposición de planos temporales, encuentra al hijo del Zebedeo que iba también de peregrino hacia su propio sepulcro, y que le dice:

          “Un barragán hermoso y sabio nos dio un día una pesca milagrosa… Me llamó Hijo del Trueno… ¿no me recuerdas, peregrino?, soy el apóstol Yago…”

          ¿Para qué seguir? Seguro que se adivina. No es otro que nuestro Alejandro Rodríguez “Casona”. 

          El año 1926 publica “El peregrino de la barba florida” con prólogo de Marquina y un laudo de Hernández Catá. Un crítico comentó su aparición de esta manera: “Un poeta nuevo, un poeta lleno de ese doble ritmo de la palabra y el pensamiento. Su `peregrino de la barba florida´ es una admirable leyenda en verso, narrada en una dulce y musical sencillez. El viento del milagro tiembla a lo largo de las estrofas dibujadas sobre un fondo lejano del paisaje gallego…” (Nuevo Mundo, 15 de octubre de 1926)

          Han pasado casi ochenta y cinco años y Alejandro Casona sigue siendo un peregrino desconocido y olvidado por muchos de los suyos, por muchos de los que no tienen reparo en encumbrar a cualquier gloria menor, ninguneando al dramaturgo nacido en esta tierra tan ingrata siempre con los suyos. Siempre Asturias padeció del mismo mal.

          Casona, que sufrió el exilio tras la guerra civil, que regresó a España cuando su obra era traducida a lenguas de medio mundo y su nombre era conocido en el mundo entero, ya desde entonces fue ninguneado por los suyos, y olvidado y malquerido incluso entre los suyos que es lo más dolorosamente grave.

          Tres ediciones tuvo el poemario, la de 1926, un facsímil no venal de los libreros de Oviedo en el 2003, y la que se llevó a cabo en Avilés para conmemorar el año santo compostelano 2004. En realidad apenas tuvieron, como supuestas pregoneras del año jubilar, resonancia alguna. Más aún, especialistas de gran talla en el conocimiento bibliográfico del Camino lo ignoraban sin que obrara en su abundosa biblioteca ni un solo ejemplar.

Hay un grupo que sí ha hecho y hace lo indecible por darlo a conocer, el grupo de teatro Maliayo de Villaviciosa, cuyo director, Juan Jurado no se cansa de llamar a cada puerta ofreciendo una escenificación del mismo, escenificación que ha cosechado, las veces que se llevó a cabo, un éxito  insospechado, como fue el día que se representó en la catedral de Oviedo.

           Está terminando otro año santo compostelano. Otro más...

Se  ha llamado a mil puertas y se han hecho gestiones por dar a conocer los versos del autor de La Dama del Alba, todo en balde. Se programan charlas, conferencias, se publican libros, pero de Casona y su poemario ni una palabra.

Fue maestro, Inspector de  Primera Enseñanza y dedicó parte de su vida y de su obra a la Escuela: Tres años de maestro en Lés (“Garona…, tres años te vi pasando, / de noche un mugir de vacas / y estrellas de contrabando”), un periódico, un grupo de teatro. Pues tampoco la Escuela lo tiene muy presente. No sé qué maldición se cierne sobre nuestras figuras, porque también Clarín la sufrió, y la sufre Pérez de Ayala y Carreño Miranda y Bances Candamo y en alguna forma Palacio Valdés.

          Doy fin con unas palabras de García Miñor en su libro sobre el camino de Santiago: “Cuando llegamos… otro hermano, enamorado de la poesía, recitaba una composición del poeta de Besullo, a la Niebla, del que solo nos quedaron estos versos:

rocía al peregrino los cabellos

y la barba

y pone un beso húmedo y lento

en sus pestañas”.

          No se cita el poemario y hay que saber quién es ese poeta de Besullo, pero al menos, algo es algo…

 

J.M.F.