MILAGROS  y  SANTIDAD

 

     De un tiempo a esta parte da la sensación de que hay en nuestra Iglesia un excesivo culto a la personalidad (aunque se trate de santos) en detrimento del culto a la divinidad. Se visita Roma, se trata de ver y escuchar al Papa, “el dulce Cristo en la tierra”, cosa hermosa y emotiva... ¿No sería más pura una fe como la del musulmán que visita La Meca únicamente para ver y adorar a Dios? Ningún ser humano puede oscurecer la gloria de Alá.

      Estando como estamos en un sincero empeño de ecumenismo con los hermanos separados  vemos, no obstante, que cada año crece más y más el florilegio de beatos, ¡Dios sea alabado! Este mismo año en plena semana por la unión de las iglesias, ¡zás! la beatificación de Juan Pablo II ¿? La rica liturgia y la vida pastoral de nuestra Iglesia lleva un tiempo pivotando más sobre lo hagiográfico de tal o cual congregación con su carga de labor social, digna de todo encomio, que sobre lo meramente cristológico y fiducial. Bastaría con oír cualquier día de fiesta una de las misas que se emiten por radio o TV; a menudo giran en torno a tal o cual canonizable, vida, hechos, parajes por donde ha andado, etc. oscureciendo de manera alarmante la festividad litúrgica.

      Por otra parte mientras algunos pastoralistas están vaciando nuestros templos de imágenes en un afán de catarsis devocional la Iglesia está llenando la gloria de Bernini de santos y beatos. Parece que no casa.

      Cuando canonizan a un cristiano, después de examinar la ortodoxia a través de su palabra oral o escrita y el ejercicio heroico de las virtudes teologales y cardinales se le pide, además, uno, dos o tres milagros, trátese de la beatificación o canonización (Normas a seguir por los Obispos en la investigación de las causas de los santos. AAS 75, 1983, pp. 396-404). Y son tantas ya las canonizaciones que estamos presenciando basadas fundamentalmente en la constatación de la santidad por el milagro que creo merece la pena reflexionar también un poco sobre ello. Desde luego nadie duda de la bondad y vida ejemplar de los canonizados. No es ese el caso.

      No soy ningún experto en estas lides, opino sin más, y  trato de ser fiel en todo a la doctrina del Evangelio y de la Iglesia a la que sirvo, faltaría más... Pero tengo para mí que se debería reflexionar sincera, serenamente y con más profundidad sobre el tema. Porque ¿cómo es posible que para elevar a una persona a los altares además de su vida ejemplar tenga que demostrarlo haciendo milagros después de muerto? ¿Tiene algún fundamento bíblico? Analizando muy por alto el Evangelio me parece que Jesús no estaría hoy por la labor, más aún, hasta podríamos pensar que no lo considera como aval de santidad cuando dice: "Aquel día muchos dirán: Señor, Señor ¿no hemos profetizado en tu nombre, en tu nombre echado demonios y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros? Yo entonces les declararé: Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malditos" (Mt. 7, 22).Y si es esto lo que se le exige, ¿se pueden llamar milagros algunos de esos hechos aparentemente portentosos, sin duda, pero que necesitan ser ratificados por un perito en la materia para verificar su autenticidad?

      Ya es un tanto sospechoso que los milagros tengan siempre por marco la salud. Un cáncer que se cura por intercesión de un futuro santo, con ser una realidad maravillosa, creo que no debería entrar en la calificación de milagro. ¿Se sabe de qué es capaz la Naturaleza, la desconocida y sorprendente Madre Naturaleza? Casos como el del ciclista norteamericano Lance Armstrong deberían hacernos reflexionar un poco.

      Otra cosa sería que a la voz de un elegido, o por su intercesión, en un momento dado y sin más requisitos llovieran miles de panes sobre un poblado hambriento de Ruanda, que brotara un caudaloso manantial de agua fresca en los desiertos de Etiopía, sanaran todos los enfermos del SIDA de un hospital o se le devolviera la juventud y lucidez de los 40 años a un hombre aquejado por el mal de Altheimer. Es, de algún modo, lo que dice el Corán en la sura XVII, 90 ss. Es decir, un milagro debería ser un hecho a todas luces portentoso donde todo el mundo pudiera ver palpablemente la mano de Dios sin necesidad de más explicación ni refrendo alguno.

      El Concilio Vaticano I en la “Constitución dogmática sobre la fe católica” dice: “Los milagros y las profecías... son signos certísimos y acomodados a la inteligencia de todos, sobre la revelación divina”. Pues eso, a la de todos...

     ¿No separó Moisés las aguas del Mar Rojo a instancias del Señor? ¿No resucitó Jesús a los muertos? ¿No multiplicó los panes y los peces a la vista del pueblo...? Con todo incluso a estos “hechos”, los propios exégetas tienen buen cuidado de llamarlos signos.  Pienso humildemente que esos otros milagros, de pequeñas o grandes curaciones en las que, para saber si hubo algo de extraordinario, necesitamos que un galeno lo atestigüe y lo compruebe científicamente, no deberían tenerse sin más por milagros, puesto que en vez de tener la fe  puesta en Dios, en este caso, en quien tenemos que tenerla y en quien nos mandan depositarla es en un... médico y en su ciencia. Pobre fe...

      ¿A quién habrá que creer…? ¿al milagro o al médico? Si necesito reafirmar mi fe porque lo dice tal o cual especialista, mal asunto, estos, por muy sabios y experimentados que sean, y ¡claro que los hay!, no creo que tengan el don de la inenarrancia, pueden equivocarse... Sin embargo ya sería de más difícil explicación el hecho de ver llover panes del cielo por intercesión del santo o ver resucitar a un muerto.

      Milagro viene del verbo latino miror, aris... algo que es digno de ser admirado por cualquiera, sin más. La divina Omnipotencia no se agota en los milagros de tercera (permítasenos la expresión). Si con su poder hace todo cuanto quiere no debemos nosotros ponerle límites ni levantar barreras. Iríamos en contra del poder de Dios. El hecho de que sólo se den este tipo de pequeños milagros, vamos a llamarlos de segunda o de tercera…, casi siempre curaciones, da qué pensar. En cambio uno de esos otros autentificaría por sí mismo y ratificaría la santidad del canonizable sin necesidad de más testimonios. Así debió de ser la Resurrección.

     Si para confirmar una verdad, (la santidad de una persona en este caso), se necesita el milagro, sea; pero este debe ser a todas luces claro, comprensible a toda inteligencia, e inexplicable a todo tipo de especulación, o sea, un milagro de primera. La santidad debe canonizarse por sí misma siendo aprobada y definida por todo el pueblo santo de Dios.

      Comenta a este respecto San Agustín: “los milagros ya han desaparecido... los milagros eran una concesión a la debilidad humana... el cristiano es más fuerte cuanto menos los busca, cuanto menos los necesita”. Y podríamos nosotros añadir: y los santos serán más santos cuanto menos milagros necesiten (nuestros mártires no los necesitan) para considerarlos santos. Y apurando más el argumento, el santo será más santo cuanto menos medallas y honores le colguemos puesto que de ese modo, aún en el cielo, será más humilde y por tanto más del agrado del Señor.

      Un cristiano debe ser santo para que pueda ser canonizado, no al revés, es decir, tener que canonizarlo para que pueda ser tenido por santo. La santidad, a la que todos estamos llamados, en algunos no pasa desapercibida... la proclaman las gentes por consenso universal, como pasó con Francisco de Asís, Teresa de Calcuta..., Juan XXIII, Oscar Romero.  Incluso este tipo de personas con un alto grado de virtud y de heroísmo se pueden dar en otras religiones: Buda, Tertuliano, Orígenes Gandhi, Bartolomé de las Casas, Martín Lutero King, Dietrich Bonhoeffer, Serafín de Sarov, etc. son considerados santos por iglesias no católicas.

      El olvidado filósofo avilesino Estanislao Sánchez Calvo, en su obra “Lo maravilloso positivo” define el milagro como “un hecho admirable producido por un poder superior e inteligente en virtud de fuerzas naturales desconocidas capaces de interrumpir los efectos de las leyes conocidas en caso particular” [...] “los sabios creen que el milagro es imposible porque los teólogos lo tienen por sobrenatural y los teólogos lo tienen por sobrenatural porque los sabios lo consideran naturalmente imposible”.

     Jesús pedía fe para obrar el milagro, no solía hacer el milagro para despertar la fe. De modo parecido aquí tendremos que pedir santidad, canonización en vida y por el pueblo llano, para que se obre el milagro, y no pedir a los supuestos canonizables milagros para que puedan ser canonizados, ser tenidos por santos y por tanto ser objeto de culto.