EUTANASIA

   

              Se está hablando últimamente mucho sobre cómo hacer la última etapa de la vida más fácil, menos dolorosa y la muerte más humana, bajo el nombre genérico de eutanasia, una palabra que se puso en circulación hacia 1925. En 1936 el Diccionario de la Real Academia aún no la había admitido. Una de las últimas campañas tuvieron lugar a partir de noviembre de 1991 cuando se llevó a cabo una votación en el estado de Washington ganando los que mantenían que ni el suicidio ni la eutanasia eran legalmente aceptables.

              El nuevo Catecismo, en el número 2.276 y ss., aborda el tema afirmando que, sean los que sean los motivos, la eutanasia directa es moralmente inaceptable. Desde antiguo se venía hablando de atanasia, que quiere decir, dejar morir, el vulgo lo traduce por "desenchufar" al "moriturus". Curiosamente atanasia también se llama una planta cuya infusión se usó para que las madres tuvieran un buen alumbramiento, como si la voz de la planta que ayudó a nacer se aplicara hoy para dejar morir.

             Pero volviendo a la eutanasia, hoy nadie se pone de acuerdo en definirla de modo que convenza a todos. En un principio significó “privar de la vida al enfermo desahuciado que lo pidiera”. Sin embargo no es raro encontrarnos con personas que, en un momento dado, pidieron la muerte bajo un determinado estado de ánimo y que, una vez superado, la vida para ellos ha vuelto a cobrar su máxima importancia. Otra cosa es cuando el sufrimiento es tan grande que se hace insoportable sin posibilidad médica alguna de curación. En este caso habría que distinguir ente eutanasia activa, que es poco más o menos la descrita, y eutanasia pasiva que consistiría en privar al enfermo de los medicamentos o instrumentos quirúrgicos con cuya supresión le sobrevendría la muerte. La Iglesia está de acuerdo en que se suprima el dolor y la angustia con drogas o fármacos, con tal de que no se atente directamente contra la vida. Sin embargo son tantas las interpretaciones que se hacen sobre el tema que se echa de menos una exposición clara y convincente así como una legislación al respecto sobre el tema.

              Hemos visto algunas de las últimas tentativas fallidas en pro de su legalización, sin embargo no sólo la Iglesia sino que la misma medicina ha sido desde antiguo bastante radical cuando en ello entra en juego la vida pues ni Hipócrates ni Esculapio, ni Asclepíades la admitieron. Y a este propósito yo no sé por qué no se tiene más en cuenta el Juramento hipocrático, escrito por un médico que vivió 400 años antes de Cristo, tan citado para otros asuntos. En él se empieza invocando a los dioses. Luego expone los principales deberes del médico con el paciente. Así dice: "A todo el que me pida veneno se lo negaré e incluso me guardaré de aconsejárselo a nadie... No recetaré anticonceptivos a ninguna mujer… No haré operación si se trata del mal de piedra ya que ésta debe ser practicada por un especialista... Guardaré secreto de lo que oiga en la consulta… Y si un día conculcara alguno de estos preceptos, dice en la tercera parte, recaigan sobre mí las maldiciones de los dioses". Está bien claro: “No daré veneno”, en griego fármacon, ou, de ahí que el símbolo de las farmacias sea una serpiente vertiendo su veneno en una copa. Si por eutanasia entendemos quitar la vida directamente a quien, por razones de enfermedad, desea morir y lo pide, habría que decir que eso es homicidio. Otra cosa es que ese "homicidio" se legisle, es decir se legalice, como se legalizó de modo semejante la pena de muerte en muchos países haciendo que la moral dependa únicamente de la ley, y ésta de los legisladores.

              Opuesta a la eutanasia está la distanasia que consiste en alargar la agonía a quien, si pudiera hablar, acaso pediría morir. Hemos visto muertes de este tipo estos últimos años tales como la de Hiro Hito en el Japón que duró 111 días, la de Tito de Yugoeslavia, o la de Franco aquí en España, por citar algunos de los casos que más dieron que hablar. Algunas les llaman a estas prácticas de alargar la vida, "cacotanasia" o "encarnizamiento terapéutico" v. g. el teólogo P. Gafo.

             ¿Qué conclusión cristiana se puede sacar de todo esto? Para un católico el punto de mira debe estar más allá de la muerte pues esta tiene o debe tener para él una cuarta dimensión, esa profundidad sobrenatural de la que prescinden casi siempre quienes hablan de este tema, incluso algunos creyentes, desde luego con la mejor intención del mundo, pero se echa en falta la fe, que es fundamental para una buena muerte u ortotanasia. Bastaría recordar la muerte de los santos: santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, san Francisco Javier, santa Teresita... ¿Se puede morir con mayor felicidad y de mejor manera? Un día comentaba el Dr. Cortina Llosa, cardiólogo famoso del Hospital de Oviedo: "Es verdad que los santos han sabido morir, y esto se puede probar hasta médicamente: el cerebro es una glándula que segrega una hormona llamada endorfina que es la que origina la alegría y el optimismo. Y está probado que, determinados estados de ánimo como en un acto de fe o de amor a Dios, en la oración, en el sentimiento del perdón, etc. hacen segregar al cerebro estas sustancias, pero sobre todo en la agonía, un último recurso que emplea la naturaleza como defensa, de ahí la paz y la dulzura de muchos rostros de difuntos..."

             Desgraciadamente mucha gente, incluso cristianos, mantienen ante la muerte una actitud pagana. Se podría decir que es una faceta del hombre que aún está sin bautizar, sin evangelizar, al menos por el enfoque que le dan. En 1990, apareció en TV una artista llamada Azucena Hernández, parálitica de pies y manos debido a un accidente de tráfico, aquella mujer pedía, por favor, que alguien le quitara la vida. Ni eso podía hacer ella.

             Un caso más reciente está en el de Ramón Sanpedro, que dio origen a una película: Mar adentro, del director  Amenábar. Corrieron ríos de tinta y no vamos aquí a detenernos más en ello. Simplemente anotarlo sin más como un nuevo caso a discutir.

            Hay asociaciones a tal fin, tales como EXIT en Inglaterra, ADMD en España, etc. En Holanda hace años que está legislada. Desgraciadamente amparados en esas leyes hemos visto cómo enseguida afloraban los abusos, como el de aquellas enfermeras llamadas "ángeles de la muerte" que eliminaron a no recuerdo cuántos ancianos so pretexto de librarlos de sufrir; a ellos, y a ellas, claro.

            Es cierto que no todo el mundo tiene una virtud o una santidad como para aceptar una muerte dolorosa, en soledad, resignadamente. Pero necesitamos mentalizarnos poco a poco y poner desde ahora todos los medios para que nuestra agonía, la de nuestros moribundos, sea lo más dulce, fácil y tranquila pero también lo más cristiana posible. Lo mismo que la vida, la muerte tiene también una calidad: saber vivir y saber morir la propia muerte con dignidad. Esta dignidad y calidad se la da la fe. La muerte de un creyente tenía que diferenciarse a la legua de la del pagano, hasta de la del estoico. No sé quien dijo que "Nada prueba mejor la falsedad de una vida que el miedo a la muerte". La muerte de Jesús en la cruz fue terrible, llena de soledad, angustia y sufrimiento y sin embargo ninguna muerte hubo más hermosa, según decía santa Teresita. Y cuando le dieron de beber mirra, es decir aquella mezcla de vino y hiel que las piadosas mujeres proporcionaban a los que iban a ser ajusticiados, una especie de droga o anestesia mental para adormecerlos, Jesús la rehusó. En cambio, a pesar de tenerlo prohibido los nazarenos (Num. 6,3), no tuvo inconveniente en aceptar la "posca" o refresco hecho con vinagre y agua que un soldado le ofreció en una esponja.

            Desde luego, está claro que es un deber de caridad aminorar el sufrimiento a los enfermos ¿no los curó el Señor también? Pero no podemos perder de vista el valor redentor del sufrimiento. Hoy acaso estemos más ocupados en suprimir el dolor físico que el moral, cuando es el dolor del alma el que necesita de eutanasia, a lo mejor con tanta o más urgencia que el del cuerpo. Y de esta soledad del moribundo ¡cuántos casos! Si no fuera trágico sería cómico la actitud de aquella hija a quien le preguntaron cómo había dejado a su madre morir sola; a lo que respondió sin inmutarse: "Como vi que agonizaba me fui corriendo a la peluquería, no me iba a presentar a recibir las visitas con estos pelos..." Bécquer dijo: "Dios mío que solos se quedan los muertos", pero hoy habría que añadir "y los que se están muriendo...".

           Pero a las personas no sólo se les ayuda durante la enfermedad y en el momento de morir, aún después de la muerte se las puede seguir ayudando. Esa es la razón por la que estamos esta tarde aquí recordando a nuestro hermano Pedro que falleció, aquí sí que se puede decir con toda razón tras larga enfermedad, hace un año, para pedir a Dios que la ayude si aún necesita de nuestras oraciones.

            Y si hay médicos, y políticos y otras gentes que están a favor de que se legalice la eutanasia ¿por qué no mostramos un interés igual o parecido, quienes tenemos fe, para que se aplique también a los difuntos esta eutanasia espiritual que es la oración, y que para un cristiano se convertiría en anastasia o "resurrección", que es lo que significa en griego ese vocablo? 

 

UN NUEVO PUNTO DE VISTA

  

             Una vez asentadas las bases que creemos están en circulación en el mundo religioso y legal hagamos, para finalizar, un poco de teología o moral ciencia ficción, si se nos permite la frase. Podríamos aportar aquí, igual que hemos hecho anteriormente, más argumentos, nuevas citas de personalidades, y pruebas científicas de última hora, pero… preferimos quedarnos en los aledaños del alma de aquel inolvidable amigo partidario a su modo de la eutanasia a lo sagrado. Él pensaba o trataba de pensar a lo cristiano, a lo profundamente evangélico, y argumentaba que con las Sagradas Escrituras en la mano podríamos llegar a conclusiones asombrosas. Lo diremos en quintillas, puestas en la boca de mi entrañable místico. Dicen así:

Entre los papeles de un viejo amigo encontré unas coplas donde él trata de justificar su muerte…,

o eso al menos creo que pretende.

 

¿No podría arrepentirme,

pedir perdón, confesarme

y ya en gracia permitirme

una eutanasia..., morirme

y sin pecado salvarme? 

 

Si  uno puede dar su vida

en un acto de heroísmo

por cualquier causa perdida

¿no podría el suicida

dársela a Dios por sí mismo? 

 

Pues si la mayor empresa

del hombre es la salvación,

y lo que más le interesa

es no ser del Diablo presa

¿no está ahí la solución? 

 

Morir en  gracia sería

lo que la Iglesia con tanta

fe nos pide noche y día.

Por tanto yo llamaría

a tal eutanasia... santa. 

 

Si es santo aquel que procura

ir de Ti, Señor, en pos

su muerte, aunque prematura,

dando una gloria segura

¿no le será grata a Dios?   

 

Si Tú optaste por  morir

pudiendo evitar la muerte

y no quisiste vivir...

¿por qué no has de permitir

correr yo tu misma suerte?

 

Tú has dicho: “El  supremo amor

es morir por los hermanos...”

¿por qué, entonces, es peor

morir por uno, Señor,

en propias o extrañas manos? 

 

Ser  valiente es una suerte

que ayuda mucho a vivir;

ante el miedo hay que ser fuerte,

lo terrible de la muerte

es saber que hay que morir. 

 

Me dicen que en adelante

viva pensando en morir…

yo, creyente y practicante,

veo más edificante

morir… pensando en vivir. 

 

Si he  nacido porque sí

y de esa misma manera

puedo decir que viví,

después de ver lo que vi

lléveme Dios cuando quiera. 

 

Mi buen Dios,  yo quiero verte  

y siempre te estoy rogando

que me digas de qué suerte

puedo adelantar mi muerte.

Y Dios me dice: ¡esperando! 

 

Si  es verdad que la aspirina

algunos dolores calma

y hasta a quitarlos atina…

¿habrá alguna medicina

para cuando duele el alma? 

 

El  misterio de la vida

en la muerte es tan oscuro

que no hay mente que la mida;

cuando busco la salida

siempre choco con un muro. 

 

Por  eso, tendré saldada

mi deuda con el Señor.  

Y que al fin de la jornada

a nadie le deba nada

más que caridad y amor.