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En mis primeros tiempos de vida pastoral, tuve de párroco a un viejo cura llamado don Bernardo. A él acudí más de una vez en busca de orientación y de consuelo. No sé cómo se las arreglaba, pero aquel sabio pastor de almas siempre encontró el término justo, la frase esclarecedora y atinada, la ternura y la voz precisa para cada caso. A él le debo... ¡y cuánto! Han pasado algunos años. Lamento no haber aprovechado más su cálida palabra. Un buen día, para mí no tan bueno, me avisaron de que se encontraba grave. Me personé en su casa pero ya lo habían llevado al Hospital. Casi no pude hablar con él, aunque sí lo suficiente para escuchar su última voluntad... “Encárgate tú de mis papeles, quema todos los que encuentres. Con los libros haz lo que te parezca”, me dijo. Por la amistad que nos unía y por expreso mandato suyo me tocó abrir sus carpetas y revolver todos sus pliegos y legajos. Entre ellos di con unas libretas rayadas, llenas de notas, poemillas y algunas direcciones. ¿Cómo echar al fuego los escritos de mi cura? Dudé, cambié de opinión varias veces y al final resolví leerlos y conservarlos, por si podían ser de alguna utilidad. Nunca hasta hoy me propuse darlos a la luz pública. Guardaban esencias sacerdotales, críticas acerbas y un sin fin de apuntes biográficos, por lo que me parecía falta de pudor espiritual darlos a conocer. Muchas veces lo había sorprendido en un rincón de aquella luminosa galería de su antigua rectoral, lápiz en mano, leyendo o escribiendo. Lo hace constar él en uno de sus cuadernos no recogidos aquí: Al tener tiempo sobrado, en las tardes estivales ni envidioso ni envidiado, hago un diario rimado sobre asuntos clericales. En una de las libretas rayadas quiso seguramente justificar una futura compilación de sus ripios, porque empieza con la siguiente entrada del Libro del Buen Amor:
“Y porque mejor sea de todos escuchado os hablaré por trovas y por cuento rimado...”. (Copla 15). Estuve a punto de quemarlo todo -repito- según su última voluntad. Luego al releer prosas y versos volví a pensar que acaso podrían ser de algún provecho para nuestra vida espiritual y pastoral, no sólo cuando critica ácidamente al clero, jerarquía, seglares, a sí mismo y demás, sino cuando da algunos consejos o hace observaciones de tipo pastoral, a mi modo de entender muy atinados. Como queda dicho, don Bernardo siempre fue para mí y aún sigue siendo un referente insustituible de praxis, de vida espiritual y de experiencia pastoral. Oía con dificultad en sus últimos años. Gastó no sé cuanto en audífonos que le ponían la cabeza como un bombo, según nos comentaba. Por eso acabó siendo para él una tortura la confesión auricular, y esa fue una de las razones, una más, por las que empezó a practicar la "absolución comunitaria". Leyó libros, consultó revistas especializadas, habló con teólogos de cierto fuste, desde luego que no fueran tridentinos, y sacó en conclusión que se podría hacer “tuta conscientia” dicha confesión en la parroquia, dejando siempre franca la puerta a la confesión individual y personal cara a cara con el cura.... Es que incluso la recomendaba a quien la necesitase. Entre sus papeles hallé una larga serie de quintillas tituladas “Coplas de la absolución, con o sin la confesión”. Las leí con avidez. Me pareció que debían conocerse. Podrían estar agrupadas siguiendo un cierto orden y temática. No guardan ningún orden. Seguramente quiso hacer sencillamente en ellas como una "confesión general", incluso cumpliendo las cinco condiciones tradicionales: Examen, dolor..., propósito, decir los pecados al confesor uno por uno, etc. Yo tampoco me atreví a ordenarlas. De modo que salen tal cual él las escribió, así se podrán leer empezando por cualquiera de ellas. Incluso se puede observar que de vez en cuando repite una idea, acaso con el fin de recalcarla. Hay una nota introductoria, como en casi todos sus cuadernos de versos (recogí más de una docena). Aquí trata de justificar su postura ante la tan traída y llevada absolución comunitaria. No sé si acertadamente o no, eso lo dejo a la conciencia de cada cual, pero sí puedo jurar -conociéndolo como lo conocí- que está escrita con la mano en su conciencia y el corazón en sus fieles y todo él en la presencia de Dios. El prologuillo con que les da entrada dice así:
“Ante la campaña de críticas, rechazo y prohibiciones de la Jerarquía y adláteres ¿se puede seguir usando la absolución comunitaria o hay que prescindir definitivamente de ella?”. Hay dos líneas tachadas y prosigue: “Antes, y sobre todo después del intento de Pablo VI de revisar el sacramento del perdón, muchas iglesias locales venían ejercitando este noble ejercicio en determinadas fechas con gran éxito de participación y toma de conciencia por parte del pueblo fiel. Era dogmáticamente factible y pastoralmente exitoso. A nadie se le impedía la confesión particular, es más, siempre que surgía la ocasión se animaba al penitente a este contacto personal con un sacerdote. Pero hete aquí que de la noche a la mañana le dan el carpetazo a dicho ejercicio, obligando a este incipiente aggiornamento pastoral a recular leguas, y de esa forma hacían tabla rasa de los pasos dados y de las gracias alcanzadas con la nueva experiencia. Yo voy a exponer aquí, (iba a decir humildemente, pero me parece demasiado presuntuoso hablar de humildad, sería pasar por tal cuando no lo soy, y esto es una confesión), digo que quisiera exponer aquí tal como lo siento, mi visión personal (recalco lo de personal) en este tema. Al menos creo que tendré la libertad suficiente y un poco de autoridad, no en vano estudié y aprobé varios cursos de Moral Católica, incluso con nota, para poder decir en voz alta lo que creo, siento y pienso interiormente, y de lo que estoy "en conciencia" convencido... ¿Se puede ir contra la propia conciencia, adecuadamente formada durante doce años de Seminario y toda una vida pastoral de casi medio siglo con lecturas, conferencias, cursillos y días de reflexión, llegando así al firme convencimiento sobre un punto doctrinal? Aducen obediencia a la autoridad. Pero ¿por qué un protestante está obligado a obrar en conciencia y un católico no? ¿Se puede actuar contra la propia conciencia? ¿No es la suprema ley obrar en conciencia? Como dije, esta forma de reconciliarse con Dios, que fue práctica común en los primeros siglos de la Iglesia, se venía cultivando de forma regular y ordinaria en Holanda y Bélgica, sobre todo a partir del Concilio. Se introdujo oficialmente en la Iglesia con el Nuevo Ritual de Pablo VI. La “Celebración comunitaria con absolución general”, siempre que haya las debidas condiciones en el penitente, no cabe duda de que fue un gran paso con respecto a nuestras relaciones con Dios y con los hermanos separados, puesto que derribaba una barrera más de las pocas que hay entre ambos y que nunca debió existir. ¿No estamos en tiempos de diálogo? El Nuevo Ritual, aunque alguno lo consideró avanzado, aún no lo fue tanto como se esperaba en esta materia. Las absoluciones colectivas ya se estaban llevando a la práctica de alguna forma en muchas diócesis y parroquias. El nuevo Ordo recomienda aún que los cristianos se reúnan en ciertas circunstancias para estas celebraciones penitenciales. Dice textualmente: “Son reuniones del pueblo de Dios para oír su palabra, por lo cual se invita a la conversión y a la renovación de vida, y también para anunciar nuestra liberación del pecado por medio de la Muerte y Resurrección de Cristo. Su estructura es la que se acostumbra a observar en las celebraciones de la palabra de Dios”. Deberían ser los propios cristianos mal llamados laicos los que exigieran a la jerarquía que no se pusieran tantas cortapisas a esta nueva forma que el momento actual nos pide, exige y necesita. Vox populi vox Dei. Bastaría haber visto cualquiera de los templos en los que se viene impartiendo la penitencia de este modo.
En cuanto a confesar los pecados individualmente, tengo que hacer algunas observaciones, a fin de evitar malos entendidos:
1ª) Cualquier fiel que necesite hablar personalmente con el sacerdote o juzgue que quedaría más tranquilo confesando según el modo tradicional, debe hacerlo y nadie se lo puede ni debe impedir. Es más, habrá que ayudarle a acercarse al sacerdote. A veces hay estados de ánimo, en los que es recomendable e incluso exigen hablar personalmente con un confesor.
2ª) Cualquier sacerdote, con algunos años de experiencia, podría saber de antemano qué pecados tiene cada penitente, aún antes de acercarse al confesonario: misas perdidas, blasfemias, mentiras, críticas, faltas contra el sexto mandamiento de pensamiento o deseo, palabra y obra, tsin olvidar cuánto han cambiando las costumbres y por tanto la moralidad de ciertos actos en este campo..., enfrentamientos, odios, riñas, envidias, falta de oración..., y pocas cosas más. ¿Qué necesidad hay de manifestarlo a un confesor, cuando para algunos resulta tan incómodo y engorroso, a menudo aprovechando un rato libre en el que encontramos un sacerdote a mano...? Por otra parte ¿no aprovechará alguno esta “confesión” también para poder hablar, desahogar…, en una palabra, charlar y descargar allí no sus pecados sino su carga sicológica?
3ª) Cualquier sacerdote con un mínimo de sentido pastoral sabe y ve cómo en multitud de celebraciones, funerales, bodas, etc., muchos fieles se acercan a comulgar sin haberse confesado previamente, acaso con la conciencia de que todos sus pecados no son de tal gravedad que les impidan recibir la Eucaristía. Bien mirado y a la luz de la moral tradicional seguramente se cometerá más de un sacrilegio. ¿Quién perdió aquí la conciencia del pecado, el fiel o el que permite que se acerquen sin tratar de impedirlo de algún modo? Pues bien, esto, con ser tan grave, parece no importarles a nuestros “moralistas” que con tanto denuedo atacan la absolución comunitaria. Sin embargo que esas gentes se acerquen a una iglesia buscando reconciliarse con Dios, en unas condiciones de disposición que nada tienen que ver con las rutinarias de acercarse al comulgatorio, que esas gentes hagan el esfuerzo de acercarse hasta una iglesia, busquen, pidan y reciban perdón comunitariamente, eso es lo que saca de quicio y hace poner a ciertos clérigos su grito en el cielo. Algo que si no sospecháramos el trasfondo del por qué se exige la confesión oral, nos parecería un disparate. Lo grave es que incluso la Jerarquía esté tan ciega en este asunto.
Ante estas duras afirmaciones de don Bernardo frente a la Jerarquía alguien podría pensar que mi cura era anti romano. Nada de eso. Simplemente trataba de reaccionar no contra la Iglesia sino contra aquellos que él creía la estaban frenando y regresando no ya a los primeros tiempos, ¡ojalá!, no, sino a los del Concilio de Trento a al Lateranense IV. Además, como él decía, si no fuera cosa de conciencia ¿cómo iba a meterse él en estos líos? ¿No estaba mucho mejor en casa, leyendo o descansando? Preparar una celebración lleva tiempo y trabajo, pero es lo que la conciencia y el buen Dios le hacían ver que debía llevar a cabo. Siguen sus consideraciones que copio tal cual:
4ª) ¿Qué la confesión vis a vis ha hecho mucho bien? ¡Quien lo duda! Ese desahogo, a modo de psicoanálisis, a muchos les viene de perillas. Pero ¿cuántos problemas no ha ocasionado de igual modo, que recoge abundantemente la literatura, llamémosla anticlerical, del siglo XIX? Y esto sin tocar los abusos a menores que aparecen en la prensa, sobre todo americana, un día sí y otro también.
5º) Finalmente, y por no cansar..., si abrimos cualquier libro de moral, a poco que leamos entre líneas, nos encontramos como telón de fondo y como resonancia de la palabra “pecado” casi siempre el sexo. ¿Pecaste? es como si te preguntaran ¿faltaste contra el sexto mandamiento? Y nótese que en este campo del sexo para la moral tradicional todo es pecado grave, no hay parvedad de materia. ¿Cuándo llegará el día en el que al decir ¿pecaste? nuestra mente evoque primordialmente pecados contra la caridad? Un mal pensamiento aparta de la Eucaristía, en cambio ¿cuántos, incluso sacerdotes, comulgan diariamente viviendo enfrentados, e incluso albergando en su corazón odio al prójimo? De esto no se habla con dureza... ¿Cuándo será el día en que insistamos con el mismo tesón y valentía en la gravedad de las faltas contra el prójimo, tales como la envidia, el odio, la venganza, la murmuración, la calumnia, el llevarse mal dos compañeros, insistiendo en el perdón a los enemigos y en el amor al adversario como insistimos en las faltas contra la virtud de la castidad? El día que esto sucediera “se haría zozobrar a todo un falso cristianismo, y al mismo tiempo se abriría el reino de Dios a millones de almas” dice J. Green en sus Diarios (V, p. 362), afirmación que comparto plenamente.
La confesión comunitaria ¿no hace más responsable a cada uno de nosotros y le da más sentido al “Yo pecador...”? ¿Cómo podemos decir “me confieso a Dios y a vosotros hermanos...” si estamos solos frente a un confesor? En la individual le cargamos nuestras faltas al sacerdote, librándonos de ellas como si de un pesado fardo se tratara, responsabilizándolo a él de todo, convirtiéndolo en algo así como en un “chivo expiatorio”. Esto sin citar los abusos de poder penitencial que algunos grupos ejercen sobre sus adeptos exigiéndoles un tipo de confesión semanal y hasta con un confesor fijo previamente señalado que les pide estricta cuenta no ya de los pecados sino de su fidelidad a la Organización. La comunitaria, en régimen de libertad, echa abajo ese muro y libera a muchas almas de ese férreo control no siempre libremente aceptado, con la posibilidad de poder reconciliarse con Dios de manera más natural, libre y evangélica. En la comunitaria somos nosotros los que tenemos que responsabilizarnos y tratar, con nuestra actitud, de que esos pecados se perdonen. En la privada descargas tus pecados, te dan la absolución y con ella tu tranquilidad, y sin muchos más requisitos te vas en paz. La confesión comunitaria no distingue pecados, no establece jerarquía de gravedad o levedad, tal como se hacía antes de que los monjes establecieran en el s. XI las penitencias que eran las que marcaban la mayor o menor gravedad del delito. Nos arrepentimos del pecado, “Tú que quitas el pecado...” (Jn. 1, 29. En singular), pedimos perdón por nuestra vida entera, por nuestra actitud ante Dios y ante los demás, sin hacer compartimentos estancos, y así nos presentamos ante el infinito amor de Jesús, creyendo y confiando en que su muerte ha sido eficaz para que recibamos el perdón. Así se hacía en la primitiva Iglesia. Tenemos que confiar mucho más en Dios, fiarnos mucho más de su bondad infinita que de nuestras leyes. Él sólo quiere vernos arrepentidos, ver que queremos levantarnos y volver a la casa del Padre, lo demás, la comidilla y el desmenuce de las faltas le importa mucho menos.
¿Que no sentimos demasiado dolor por nuestras faltas? Vamos a tratar de lograrlo; pero tampoco debemos angustiarnos. El hijo pródigo no regresó a la casa paterna porque amaba a su padre sino porque pensaba en comer y pasaba necesidad, y ya vemos cómo lo recibió. Únicamente el hermano cumplidor de la ley, el jurista, el aparentemente buen hijo, es el que protesta. Su padre no. Tampoco el pródigo va contando sus pecados uno a uno, sus méritos o sus deméritos, esto lo hacía el hermano cumplidor: “En tantos años como hace que trabajo para ti como un esclavo ni una sola vez he transgredido ni uno solo de tus mandatos...” (Lc. 15, 29) y lo mismo el fariseo, de pie y plantado en mitad del templo: “Yo no robo ni mato ni cometo adulterio, pago el diezmo...”, el hijo pródigo en cambio sin mentar mandamientos sólo dice: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti...”. El publicano, casi con un pie fuera del templo, a la puerta de la iglesia, únicamente se dirige a Dios diciéndole: “Perdóname, que soy un pecador”. Y este fue el que salió justificado. Son palabras que no pasan...
Quisiera que estas quintillas fueran únicamente el grito de protesta que siento aquí muy adentro por querer obligarnos a volver al pasado cuando, a mi corto entender, el cambio es necesario. No quisiera ofender ni herir a nadie. Lo lamentaría toda mi vida. Sólo deseo que tengan conmigo la misma consideración y el mismo trato y respeto que al menos en teoría yo procuro tener con ellos. Hay que derribar murallas y tender puentes, abrir horizontes a los hermanos separados y no poner puertas al campo de la gracia. Sin quitar a nadie su derecho a abrirse de par en par a quien, cuando y como crea oportuno y valorando esa catarsis que suele producirse en la manifestación oral de nuestras faltas, tengamos la divina osadía y la evangélica generosidad de abrir los brazos del perdón a manos llenas a cuantos con corazón contrito y humillado se acerquen a una iglesia, a cualquier templo en busca de la gracia donde se imparta el perdón sin más; que el Señor no en vano da su gracia gratis, sin cobrar gabela alguna y sin exigir más que el arrepentimiento y el dolor de corazón. Y conste que aquí no toco el tema de la escasez de sacerdotes que lamentablemente disminuyen de manera alarmante, pues dicha escasez más que teológica se trata de una cuestión administrativa”.
Y a continuación siguen las guindillas, (perdón quiero decir quintillas...) que fui espigando, trascribiendo, a veces interpretando, alguna vez suprimiendo, pero nunca enmendando ¡Dios me libre! de aquel viejo cuaderno.
Hoy tengo que defender mi postura en este tema; sé que hay que obedecer pero tengo que exponer lo que hace tiempo me quema.
Y si alguien se molesta sinceramente lo siento pero mi postura es esta: que mi conciencia protesta contra ese avasallamiento.
Si no se puede opinar y hay que seguir siempre uncidos al carro sin protestar a mí no me han de tapar ni ojos, boca... ni oídos.
Y si hay que confesar, pues somos unos mandados, me tendréis que soportar y aquí yo habré de contar de pe a pa mis pecados.
Quiero que en mi exposición se note la diferencia entre lo que es la dirección espiritual, la confesión y lo que es la penitencia.
Yo no quiero resignarme a tanta prohibición, tampoco quiero “cargarme”, como tratan de acusarme algunos, la confesión.
¿Por qué tienen que exigirme el decir en qué he faltado? ¿Por qué tienen que decirme a quien deberé yo asirme si no es al Crucificado?
Simplemente me arrepiento de no amar lo suficiente. Mas vivo el aggiornamento pues quiero ser, y no miento, un buen pastor con mi gente.
La penitencia es perdón, saberse amado y amar, es dolor de corazón mas ¿por qué esa obligación de tener que confesar?
¿No sería confundir terapia con sacramento? Porque una cosa es sentir el perdón y otra acudir a quitar remordimiento.
Algunos van a buscar consuelo y orientación y el cura después de hablar puede muy bien al fin dar consuelo y absolución.
Pero no veo perdón, pues que todo perdón vicia, quien obliga a confesión. Forzándote a humillación no da perdón, da justicia.
Esperemos que el Señor, pues su amor es tan profundo, llevado más de su amor no use todo su rigor cuando juzgue al fin del mundo.
Celibato y Confesión, opción libre y voluntaria nunca por obligación, que a quien tiene vocación la ley le es innecesaria.
A mí me sienta fatal nominar la Confesión como “el Santo Tribunal” pues era el modo normal de llamar la Inquisición.
“Renúevese forma y rito de la Santa Penitencia” es eso lo que han escrito, y es lo que el Cristo bendito me da a entender en conciencia.
Si el Concilio aconsejó un cambio en el ritual ¿por qué ahora se volvió a lo que ya se dejó, para confesarse igual?
Si no hay renovación y el cambio no es permitido si sólo fue exhibición...., ¡tanto Concilio y sermón fue tiempo y sermón perdido!
Hay que ver con qué tesón obligan a confesar; así obró la Inquisición, pues más que hablar de perdón te obligan a declarar.
Hay que dar por olvidado hasta por puro egoísmo nuestro más negro pasado, que es recordar el pecado peor que el pecado mismo.
Penitencia no es perdón que dan en una taquilla. Hacer allí confesión, salvando la absolución, no hace la cosa sencilla.
Hay que sentir más que hablar y callar más que decir que hay quien se va a confesar sólo por justificar su mal modo de vivir.
Jesús no va a condenar -no se encuentra en su doctrina- el modo de confesar, de eso no nos va a juzgar su Omnipotencia divina.
Su juicio versará sobre el amor: ¿Visitamos al hombre que enfermo está? ¿Y al que compasión nos da acaso lo consolamos?
Hambriento, preso o con sed ¿le hiciste alguna vez caso?, en angustia y desnudez, y viéndolo en estrechez ¿tu ayuda le salió al paso?
Pues sólo así tu fin labras y no en oír confesiones, Dios pide que el alma le abras... si no... estarás con las cabras, o más bien... con los castrones.
A las ovejas pondrá a su derecha el buen rey y a las cabras mandará a su izquierda. Dicho está por su honor, amor y ley.
Que eso es lo que al Señor le va a importar aquel día: Un simple examen de amor, y ¡olvídate, por favor, de tanta palabrería!
¿Tú no ves que en confesión, don Fulano y don Mengano, cuando dan la absolución siempre dan la sensación que amenazan con la mano?
“Para que no te abandones rezarás ante el sagrario un credo y siete estaciones...” Pienso que estas confesiones me harán pronto ferroviario.
¿Que todo está ya previsto? Pues yo de decir no cejo una vez visto lo visto: “que cuanto más amo a Cristo más de estas leyes me alejo”.
Nunca podré comprender por qué ese afán de acusar cuando es lo suyo absolver; Cristo habla del deber pero del deber... de amar.
Aquí don Bernardo trata de justificarse por motivos de una sordera incipiente que cada vez iba a mas. Háblame más alto, me decía últimamente, ¿no ves que me toy quedando sordo?
Ya le dije a su Excelencia que no puedo confesar porque tengo poca “audiencia”: oigo mal, no es conveniencia, ni me quiero escaquear.
Denota poca prudencia y menos psicología este no tomar conciencia que al menos la concurrencia pueda oír una homilía.
A esta Iglesia en la que muero, más romana que divina, le importa tanto su fuero que siempre salva primero su montaje y su doctrina.
¡Cuántas bocas comulgaron en funerales y bodas que sé que no confesaron...! Si en pecado se acercaron serán sacrílegas todas.
Y si dais de comulgar a tantos sin confesión por qué no nos dejáis dar al que viene a suplicar al menos la absolución.
Y puesto que soy humano tengo derecho al error y hasta a dar un paso en vano... ¡No me deje de su mano en ese trance el Señor!
Pablo sexto reformó de tal modo el ritual que en su esquema incorporó -y por lo tanto aprobó- la absolución general.
¿Por qué Juan Pablo y los suyos frenaron luego el proceso? No me agradan los barullos mas juzgo que hubo chanchullos y no razones de peso.
Si es de derecho divino, y no de divino amor la penitencia, yo opino que el Dogma es un desatino y nuestra fe un desamor.
¿Cómo acusáis sin pudor de rebajas al que está absuelto sin confesor? No son rebajas, señor, la gracia... gratis se da.
Si no dais la absolución general, en adelante existe otra solución: ir a buscar el perdón a una iglesia protestante.
Curas experimentados, de virtud sus almas llenas, comentaban apenados: Nadie confiesa pecados sino lástimas y penas.
Dios no quiere confesión que de leyes se alimenta. Él nos pide contrición, cualquier otra condición corre siempre de su cuenta.
Avanzar siempre se debe en vez de gritar ¡alerta! pues si la Iglesia se mueve y a ir más allá se atreve es que vive y no está muerta.
¡Que nos tienen por herejes con sermones, ademanes y con mil tejemanejes? Tú llámalos, y no cejes, hatajo de talibanes.
Es verdad que confesando algunos se han convertido, pero cuántos renegando no volvieron más... jurando que la fe allí habían perdido.
¿Se puede hurgar la conciencia del hombre y su dignidad? ¿No va contra toda ciencia... ... no va contra la decencia entrar en su intimidad?
Si el hombre tuvo derecho siempre a la vida privada y esto en la vida es un hecho ¿por qué ese hurgarle en el pecho como otro Torquemada?
Ese obligar a la gente a mostrar en confesión su vida de penitente..., hecho obligatoriamente ¿es sincera contrición?
Aquel fariseo dijo los pecados que tenía pero Jesús lo maldijo, en cambio a un pobre bendijo que sólo se arrepentía.
Está escrito que el Señor mandó atar y desatar por eso causa estupor tanta ley, tan poco amor y ese afán de atar y atar.
Porque no es de ritual prohibir la absolución por decreto episcopal ¿Qué más da que deis moral si nos quitáis ilusión?
No sé qué ofenderá más al Jesús de los Sagrarios que no confesó jamás: si el humo de Satanás o el de algunos incensarios.
No asesinéis la ilusión que ha empezado a florecer obligando a confesión... Que no está la salvación tan sólo en obedecer.
El publicano en pecado y aquel docto cumplidor los dos a Dios han rezado; el docto fue condenado y fue absuelto el pecador.
Al pecador le bastó pedir perdón humillado pero al fariseo no, hizo examen, confesó y fue por Dios rechazado.
Por lo tanto uno deduce que cansar al confesor a nada bueno conduce y que mayor bien produce un buen examen de amor.
La fe con la que marchaban a conquistar Palestina es porque les enseñaban que hasta incluso si mataban era voluntad divina.
Pues si cambió tanto en esto de la Iglesia la conciencia yo humildemente protesto de que no se cambie presto la forma de penitencia.
En vez de mirar atrás ¿no será mucho mejor detenerse un poco más en el hoy? Porque quizás lo que nos falta es amor.
Mejor que ordenar no hacer sería planificar y tratar de comprender que un cura no va a poder a tanta gente escuchar.
Porque un buen legislador no es el que en el hoy se afana por buscar un confesor, sino el que, ojo avizor, mira al pasado mañana.
No sé cómo confesaba ni qué preguntas hacía... mas sé que los espantaba y que alguno hasta juraba que nunca allí volvería...
Si de Satanás el humo en nuestra Iglesia ha notado nuestro Pontífice Sumo yo solamente presumo que alguno está “muy quemado”.
Tampoco hay que mezclar dirección y confesión Si alguien viene a consultar es lo normal escuchar y darle una solución.
Aquí no se trata de eso sino de la confesión porque cae de su peso y de decirlo no ceso que hay que hacer la distinción.
Suele dar mala impresión cuando vas a confesarte meterte en aquel cajón: ¿será que la confesión tiene que ver con la muerte?
No excluye la absolución del Jesús de la Verdad, excluye la incomprensión y tener el corazón cerrado a la caridad.
Como razón no tenía y de otra forma no puede mantener su teoría airadamente decía: “lo manda la santa Sede!”.
Mas es triste constatar sea la sede el cimiento, no la Biblia secular, ¿piensan su ciencia fundar simplemente en un asiento?
Al buen Jesús amar quiero por tanto, ese ensañamiento confesional de algún clero, me está acercando a Lutero y alejándome de Trento.
Hombre, tanto como eso... Pero conociendo su temperamento profundamente ortodoxo todo lo que dice no hay que tomárselo muy en serio. Es más bien fruto de un juego literario que de un incipiente hereje.
Habrá que ceder bastante si quieren ver algún día cerca al mundo protestante; con más gestos por delante tanto encuentro...sobraría.
Viajó el Papa y abrazó a un Pope y a un anglicano; en cambio recriminó a un cura porque absolvió en público a un publicano.
¿Por qué no igual compasión al de dentro que al de fuera? Afuera todo es perdón, y adentro no hay compasión, ni un poco de amor siquiera.
Piden a Cristo la unión pero no que los pecados se absuelvan en comunión ¿verán ahí buena intención los hermanos separados?
Con los que están separados la unión ¡qué lejos la veo! los queremos confesados y por el Papa abocados a ganar el jubileo.
¿Por qué les predica unión ecuménica entre hermanos y pone en circulación jubileos de perdón... Entonces... ¿a qué jugamos?
No puede quedar impune que alguien de Cristo olvidara el amor que nos reúne. Miremos lo que nos une y no lo que nos separa.
Si el que está de buena fe de Dios tiene aprobación -esté en la iglesia en que esté- en la nuestra ¿a ver, por qué no nos dan igual opción?
¿Habrá que pertenecer a una iglesia heterodoxa para poder merecer que me miren con buen ver aunque crea en otra cosa?
Si soy para alguno hereje o un hermano separado que en mi buena fe me deje o a lo más, que me aconseje, y así me veré salvado.
Pienso, (y creo que ya lo dije o lo digo ahora), que mi cura va acaso un poco lejos en su crítica puesto que las leyes que emanan de la Iglesia, aunque a veces no estén muy de acuerdo con el plan pastoral de cada uno, e incluso con nuestra propia conciencia, deben ser al menos tenidas en cuenta y sopesadas. He mantenido con él alguna discusión con tal motivo. No se puede tirar por la borda todo cuanto digan los prelados, que al fin y al cabo son los sucesores de los Apóstoles. Sin embargo él aducía ciertos argumentos que también los Obispos, o quien sea, deberían tener un poco en cuenta. Al leer ahora en la prensa que el actual Papa Benedicto XVI descarta también, como el anterior, la absolución colectiva, de nuevo se me vienen a las mientes sus enfados y sus razonamientos. Porque entonces, como él argumentaba en los ripios anteriores, uno se pregunta ¿por qué la iglesia defiende a un protestante que está de buena fe en su creencia, más aún, afirma incluso que se salva, y que sacarlo de su buena fe sería falta grave? Juan XXIII defiende que todo aquel que vive su fe de acuerdo con su conciencia no debe ser molestado y peca quien le fuerce a renunciarla. Entonces ¿por qué la Iglesia me obliga a mí, por ejemplo, a renunciar a la mía que es impartir la absolución colectiva, cuando en conciencia veo que de momento no tenemos, yo al menos no lo tengo, más recurso que ese para mantener a los fieles en gracia, y recibir el perdón para poder comulgar al menos después de recibir la absolución? ¿De qué otro instrumento más eficiente me puedo proveer, si veo que los fieles no acuden al confesonario y sí a comulgar? Esto unido al tema ya tocado en otro lugar que es la unión con las Iglesias separadas ¿no habría que ir derribando muros y levantando puentes? Cuando se trata de unir dos divorciados ¿no tienen que ceder por una parte y otra? Ahí está el secreto del diálogo. Pero a veces tal parece que más que razonar lo que queremos es que nos den la razón. Y de esa forma nunca llegaremos a la última voluntad del Señor: Que sean uno... Tenemos que agradecer a ese gran Papa, Juan XXIII, injustamente ninguneado, que gracias a él dentro de la Iglesia Católica, a pesar de un cierto integrismo que aflora aquí y allá de cuando en vez, muchos estén optando por una mayor comprensión y transigencia y no en aulas donde enseñan teólogos progresistas sino desde la misma esencia doctrinal de su enseñanza. Incluso se podría confirmar lo dicho leyendo detenidamente el documento del Concilio Vaticano II “Sobre la libertad religiosa” (1965) para percatarnos de ello. Así dice por ejemplo: “Todos los hombres deben estar inmunes de coacción tanto por personas particulares como por grupos sociales, de modo que ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que obre conforme a ella en público o en privado, solo o asociado “ (2). “Es evidente que todas las gentes tienden de día en día hacia la unidad...” (15). Por eso en el párrafo 3 nos aconseja buscar la verdad “mediante una libre investigación, ... sirviéndonos de la comunicación y del diálogo mediante el cual unos exponen a los otros la verdad que han encontrado o creen haber encontrado para ayudarse mutuamente”. Finalmente como colofón valga este párrafo tomado del documento Constitución sobre la Iglesia (1964) en verdad revelador: “Los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y de su Iglesia y buscan con sinceridad a Dios y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (16) Yo no sé si conozco o desconozco culpable o inculpablemente el Evangelio. Trato de conocerlo, estudiarlo, vivirlo, comprenderlo y sobre todo aplicarlo a mi pastoral siguiendo las normas de la Iglesia, pero no aquellas que van contra o hieren mi buena fe y mi conciencia.
Todo abierto y desatado para quien desee entrar..., Mas, una vez que has entrado, todo está tan amarrado que hasta ven mal... razonar.
Y ¿no les causa rubor al Papa y sus ayudantes hablar con igual ardor del tema, que fue el motor que alejó a los protestantes?
Si buscando ecumenismo dicen que van al encuentro de cierto protestantismo ¿por qué -a ver- no hacen lo mismo con los que aún quedamos dentro?
Si al hermano separado ven con tanta complacencia y de buena fe es juzgado ¿por qué yo soy mal mirado si obro también en conciencia?
Ya quisiera para mí el trato que el Papa ha dado a cierto anglicano allí; yo católico, y aquí, me siento peor tratado.
Lo que piensa mucha gente de la Iglesia es humillante: que Dios es más indulgente perdonando al penitente por el rito protestante.
No me encuentro entre los buenos, mas bien me miran de lado... Hoy pido a propios y ajenos que me miren, por lo menos, como a hermano separado.
Y que la misma clemencia con que ven al enemigo (que rechaza la indulgencia o la ve con displicencia) la usen también conmigo.
Todo esto viene a cuento de que está la confesión desde en Concilio de Trento mas volcada al cumplimiento que a la justificación.
Ya dije que en funerales comulgan sin confesión y aunque lo ven los curiales nadie les niega a los tales la sagrada comunión.
¿No será más pastoral dar alguna vez al año absolución general? Pienso que eso es menos mal y también menor el daño.
Prohibiendo absoluciones sé que a unos pocos halagan ¿mas cargarán sus mandones con todas las comuniones sacrílegas que se hagan?
Recomiendo al confesor que insista algo más en esto que pecar contra el amor es un pecado mayor que el pecado contra el sexto.
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Dije todos mis pecados, -dicen que es obligación para quedar perdonados- si a alguno le causó enfados fue una simple confesión.
Y si es bueno confesar, la Santa Iglesia lo exige, por eso decidí hablar aunque cause malestar alguna cosa que dije.
He procurado no herir ni echar mano del incienso mas tenía que decir -nadie lo puede impedir- simplemente lo que pienso.
Ahora pido al confesor sea indulgente y discreto, y además otro favor: que no me guarde rencor y que me guarde el secreto.
Si en vez de esta confesión me hubiera algún cura dado como les doy yo el perdón con la sola absolución... sobraba todo lo hablado.
FIN
(Hallado en el Archivo parroquial de Busdarén) (Prohibida la reproducción total o parcial)
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