CÉSAR GONZALO ZURRO FANJUL, AVILESINO,

DRAMATURGO

Y MÁRTIR EN LA REVOLUCIÓN DEL 34.

 

 

Cuando leí el título de este ciclo de conferencias, enseguida me di cuenta que eso de “avilesinos de la diáspora” se podía aplicar perfectamente a algunos de nuestros escritores, es especial a los que se dedicaron al teatro de cierta altura, es decir conocidos más allá de las fronteras del alfoz y del Principado. No sé si en alguna publicación se recoge la nómina de autores dramáticos nacidos en Avilés tales como José Manuel García (Marcos del Torniello), Eloy Caravera, Gabino Muñiz García Robés (Manín de la Llosa), Luis García y Fernández Castro, José Víctor Carreño, José Mª Malgor, etc.

Hoy solamente quiero añadir a esa nómina uno más, nacido en el barrio de Sabugo, un barrio muy singular, al menos en este campo, ya que tres de sus hijos, que siguieron los caminos del drama, apenas llegados al uso de razón emprenden el camino de la diáspora para escribir sus obras lejos de la cuna que los arrulló. De la infancia y niñez en Avilés del más importante, Francisco Bances Candamo, apenas sabemos nada. De Rafael Suárez Solís, autor de esos hermosos dramas en tres tomos: Comedias de allá, Comedias de aquí, y Comedias de allí: Barrabás, El camino del Cementerio, El loco del año, Las tocineras, etc. sabemos que emigró a Cuba y desplegó allí una gran labor literaria: No sé si alguna de sus obras se representó alguna vez en Avilés.

 

HIJO DE UN MINERO

 

Pero hay un tercero del que trato de ocuparme hoy que, aunque apenas conocemos más que una parte escrita de una obra suya lírico musical, el hecho de haber nacido aquí y de haber sido representada en Oviedo hace 75 años el mismo año de su muerte, ya merece por lo menos un recuerdo. Se trata de César Gonzalo Zurro Fanjul. Oriundo de Sabugo (Avilés) donde nació el día 22 de octubre de 1912. Hijo de Luis Zurro Fernández, natural de Valladolid, y de Mercedes Fanjul Ania oriunda de Lugo de Llanera. Pronto se trasladó a Figaredo donde su padre trabajaría de minero. Sus primeros estudios los hizo en las escuelas nacionales de Turón y Santullano de Mieres. Ingresa a los 9 años en el Seminario de Villacarriedo, (Santander) desconocemos por qué. Posiblemente en Turón los frailes lo enviaron al Colegio San José de Calasanz que allí tienen los PP. Escolapios, que había sido antes Seminario. Al habla con el director de este centro (Tlf. 942 59 00 17) me comunicó que se conservan datos pero por ser privados no está permitido por la dirección usarlos. Se deduce que allí estuvo los cursos 1921-1922, y 1922-1923, llegando al seminario de Valdediós al comienzo del curso 1923-1924.

 

CAMINO DEL SEMINARIO

 

Tras los dos años en Santander, inicia sus estudios en este seminario para cursar aquí los cuatro años de latinidad y Humanidades. Algunos entraban con dos cursos aprobados por haberlos estudiado con algún “Domine” en el pueblo, institución de la que se habló poco y estudió menos. En Valdediós D. Manuel Astorga, que ejercía el cargo de mayordomo, puso en escena una obra con trozos de música. Pudo haber sido aquí donde despertó o más bien se afianzó la afición de Zurro por el teatro. Un compañero de Zurro, Adolfo Lana, aún recuerda haber cantado trozos de la obra por los montes de Somiedo.

La Filosofía y la Teología se estudiaban en Oviedo, en el Caserón de los PP Dominicos dirigido por PP. Paúles, caserón que compartían aspirantes de la Orden y seminaristas, cada uno en una parte del edificio, frente por frente, por lo que se podían comunicar con facilidad. El Seminario tenía un patio donde los aficionados al fútbol solían jugar partidos amistosos. Zurro era un buen jugador. Y al patio accedían también algunos muchachos de la calle aficionados que compartían el juego con los seminaristas.

 

Adolfo Lana Rodríguez (12-11-1915), natural de Somiedo y maestro muchos años en Miranda, compañero de Zurro, nos aportó muchos y valiosos datos sobre su vida y también sobre aquellos últimos días antes de su muerte. Él y José Manuel Valle Díaz (9-9-1913) actualmente párroco de Caldones, ambos de 93 y 95 años, eran los únicos testigos del curso aún entre nosotros. Adolfo que aún vive en Pola de Somiedo (2010), además de compañero de curso lo era también de juegos y de teatro. José Manuel falleció este mismo año de 2010)

En cuanto a la docencia nos comenta Adolfo que en Oviedo  “teníamos de profesores al P. Esteban González Vigil, un dominico de mucho prestigio, que impartía religión (Moral), Matemáticas, y daba conferencias… En Literatura a don José Cuesta, con quien llevé sobresaliente en esta asignatura ya que fui comprando la Historia de la  Guerra del 14 por fascículos y los había leído todos, hablaban de los muertos en las trincheras, me entusiasmó su lectura y los llevaba al Seminario dentro del paraguas para que los frailes no me los quitaran. D. José Cuesta explicaba también Teología Pastoral. Las clases de literatura eran muy interesantes.

D. Aurelio Gago, que era canónigo Lectoral y prefecto de Estudios, explicaba hebreo y Sagrada Escritura. Era un señor muy joven y muy competente, secretario de cámara y gobierno del Obispado. Estaba aprendiendo lenguas y un compañero nuestro llamado  Teodoro le daba clase de inglés pues había estado en Estados Unidos. D. Aurelio fue el primero entre los profesores  mártires del Seminario del año 34.

Eran también profesores pero no sufrieron martirio, aunque sí persecución, el P. Matías según Adolfo muy achacoso y medio derrengado, cojo y medio ciego, pero era muy bueno. Los PP Paules no daban clase, eran quienes estaban al frente del Seminario: el P. Manuel Churruca, rector del Seminario y el P. Bruno Sáinz, Mayordomo, estos y 29 seminaristas fueron recogidos en la desbandada, con los PP. Dominicos Cuervo y Piquera, y todos ellos fueron conducidos a Mieres. Todos corrieron su pequeña odisea. Don Juan Margolles de la Viña... era el profesor de Historia (también de Física y de Derecho canónico) y D. Francisco Aguirre Cuervo, lectoral, que  dijo misa y dio la clase “normalmente” el mismo día del asalto al Seminario daba clases de griego.

Con don Feliciano Redondo -añade Adolfo- estudiábamos francés en Valdediós. Éramos 28 en aquel curso. Un buen día salió una palabra que cayó en gracia a los alumnos por ser semejante a la usada en bable: “Moulín” (molino). A partir de aquel día fue una especie de muletilla, cosa común entre estudiantes. Cuando preguntaban por alguien y se desconocía donde estaba se le respondía: “Fue al mulín...”

Cuenta también que Zurro se pasaba ratos ensimismado, aunque siempre respondía a las lecciones. Era un apasionado por el fútbol, y solía tomar parte en los partidos que había en el patio delante del Colegio. También jugaba un chico que vivía en las casas frente al patio. Zurro había pertenecido a la Acción Católica y profesaba una devoción especial a la Milagrosa por una gracia especial que él juzgaba había sido por su intercesión. Era buen estudiante pero pasaba mucho tiempo abstraído. Seguramente estaba pensando en una obra de teatro que traía entre manos. Nos sigue contando que le admiraba sobre todo la descripción de los pasadizos de debajo del castillo, que en efecto aparecen en algún momento de la primera parte y es lo único que recuerda del drama. Este se representaría el día de la festividad del patrono de Seminario, santo Tomás, día que siempre tuvo un relieve intelectual de cierta altura. Así, 34 años antes, el curso 1900-1901 a punto de trasladarse para el nuevo edificio de La Vega (hoy El Milán) se celebra el día de Santo Tomás con un programa cultural que denota el ambiente musical y literario en que vivían los seminaristas.

Además de sus inquietudes literarias Zurro estaba al frente de la Academia misional que funcionaba, con su pequeña biblioteca, en un aula del Seminario. De allí salieron algunos misioneros que se fueron para África y América. Por otra parte tenía una gran preocupación por la cuestión social. Como vivía entre mineros, y era hijo de uno de ellos, le preocupaba también la cuestión social y la pastoral en este campo. Estaba convencido de que se estaba fraguando la Revolución, y así lo había comentado con su padre y posteriormente con los compañeros a su llegada al Seminario.

 

 

Don Adolfo Lana, falleció en Oviedo el día 29 de noviembre de 2011. Era el último ex-seminarista del curso de Zurro. 

Compañero de los seminaristas mártires de Oviedo, fue el último testigo. Fue muy al final, algo que lamento, cuando me contó su peripecia cuasi martirial, incluso recorrimos los escenarios de la tragedia.                                                                            

Fue inolvidable la visita que hizo a su antiguo condiscípulo el  párroco de Caldones. Después de casi 70 años volvieron a encontrarse los dos amigos de la infancia, recordaron a compañeros y contaron anécdotas vividas tantos años antes, y hablaron largamente de aquel siete de octubre.... Para mí, que fui testigo del encuentro, fue un día imborrable. Hoy sólo podemos darles a ambos el más sentido adiós, recitar una plegaria y dar gracias al Señor por  haber conocido a personas tan humanas y entrañables. 

D. José Manuel, falleció en el 2010.

 

Descansen en paz.

                              Los dos viejos amigos comentando una fotografía del curso. "¿No te acuerdas de...? ¿Y el día que nos castigaron sin merienda...?.

ºººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººº

P.S. Don Adolfo Lana, falleció en Oviedo el día 29 de noviembre de 2011. Era el último ex-seminarista del curso de Zurro. 

Compañero de los seminaristas mártires de Oviedo, fue el último testigo. Fue muy al final, algo que lamento, cuando me contó su peripecia cuasi martirial, incluso recorrimos los escenarios de la tragedia. Fue inolvidable la visita que hizo a su antiguo condiscípulo el  párroco de Caldones. Después de casi 70 años volvieron a encontrarse los dos amigos de la infancia, recordaron a compañeros y contaron anécdotas vividas tantos años antes, y hablaron largamente de aquel siete de octubre.... Para mí, que fui testigo del encuentro, fue un día imborrable. Hoy solo podemos darles a ambos el más sentido adiós, recitar una plegaria y dar gracias a Dios por  haber conocido a personas tan humanas y entrañables.  Descansen en paz.

 

 

 

 

EL TRAIDOR BELLIDO DOLFOS

 

Según Adolfo D. Juan Margolles le había dado a Zurro en Historia notable, pero de la obra que estaba haciendo y de sus contactos con otro seminarista músico de Salamanca que haría la parte musical, nadie sabía nada hasta que nos convocó a los que él juzgó aptos para salir a escena y empezamos a ensayar en octubre del 1933. No sé por qué se fijó en mí que era de los más jóvenes, para representar el personaje de un caballero de unos 30 años llamado Sigfredo. Me recuerdo saliendo de una especie de mazmorra medio agachado, con una espada metida en el cinto y un manto grande. Tenía que hacer una pregunta:

- ¿Qué habéis hecho de mis gentes?

Pero yo no le daba el tono que el quería y se enfadó conmigo. Entonces yo le contesté con un taco, algo que ni acostumbraba ni acostumbro a decir, ni siquiera hoy.

 

Y fue precisamente en este año de 1934, año de su estreno en el teatro, la fecha en que estalló la Revolución de Octubre. Fue una especie de golpe de estado contra la II República coordinado entre las diferentes fuerzas de la izquierda asturiana, entre cuyos objetivos principales estaba la abolición del sistema republicano establecido por la Constitución de 1931 para sustituirlo por otro sistema llamado Republica Socialista Asturiana, de tendencia claramente marxista. No opinamos sobre su legalidad o ilegalidad, ni sobre el idealismo o afán de justicia de algunos de sus hombres muy digno de respeto, solo podemos decir que para la Iglesia y la cultura asturiana esa revolución fue desastrosa. Se asesinaron 33 sacerdotes y religiosos, 7 seminaristas, alguno menor de edad, hubo detenciones y juicios sumarísimos a religiosos, se quemaron iglesias y conventos, en Oviedo se dinamitó la Cámara Santa y el Instituto Alfonso II el Casto con gente dentro, se incendió la Universidad, su inmensa Biblioteca con cuadros y ejemplares de incalculable valor, el Palacio Arzobispal y su archivo, el Seminario, el teatro Campoamor... un verdadero infierno. A pesar de las advertencias dadas, en varios lugares se fusiló sin piedad. De ello se habló ya bastante aunque no siempre imparcialmente. Aquí solo esas dos pinceladas para situar el escenario.

En varias revistas y periódicos de la época así como en libros escritos posteriormente se recoge, entre otros, el martirio de siete seminaristas fusilados en Oviedo. Para mí, estos siete seminaristas siempre fueron a través de la carrera sacerdotal un referente. Su sepulcro, primeramente una fosa común, luego un nicho en el cementerio de San Salvador de Oviedo no me era ajeno y hasta allí subí menos veces de las que deseaba, a rezar y encomendarme a ellos. Pero entre los siete era Gonzalo Zurro Fanjul, el que más llamó mi atención por varias razones, primeramente porque en todas las reseñas que se hacen siempre aparece él en primer lugar, hasta en caer el primero bajo las balas. En segundo lugar porque era poeta o al menos se sabía que había compuesto un drama El traidor Bellido Dolfos. Finalmente porque era natural de Avilés, del barrio de Sabugo, un sabuguero ilustre más. Me interesé por saber algo de la obra que había escrito pero nunca pude lograr noticia alguna. Un día me dijo don César Marqués que entre los papeles que habían ido al fuego de sacerdotes que habían pasado por la Casa sacerdotal y habían fallecido, había quemado sin darse cuenta... la obra de Zurro Fanjul entre los de don Manuel Álvarez Miranda que era después de don Feliciano, el segundo de abordo en las representaciones. Y él se encargaba de pintar y preparar los escenarios, según don José Manuel el cura de Caldones. Entre los seminaristas le pusieron el mote de “La Sapa”. Don César me llamó tiempo después diciendo que en otro lugar había encontrado la obra. Una vez que estuvo en mis manos me di cuenta de que solo era el primer acto, y una escena del segundo.

 

LA OBRA

 

La obra es un ensayo de drama lírico en prosa y verso. Zurro aparece bajo el seudónimo de “Guimel de Amarante” El argumento lo inicia el mismo Zurro al comienzo. Dice así:

“Corría el año l065, y después de hacer testamento moría, llorado por sus vasallos aquel Rey, que en vida supo unir sobre sus sienes las coronas de Castilla y de León, y que la Historia designa con el nombre de Fernando I el Grande.

El que había sido arrojado, discreto y prudente Rey, tuvo la debilidad, llevado por el amor a sus hijos o por evitar discordias, de dividir aquella corona, que tanto había costado, dejando Castilla a D. Sancho, León a D. Alfonso, Galicia a D. García y los Señoríos de Toro y Zamora a sus hijas Dña. Elvira y Dña. Urraca respectivamente.

Llevaba el primero de ellos dentro de su pecho un volcán de ambición desmedida y si logró tenerlo como apagado durante los días que su madre sobrevivió a D. Fernando su esposo, muerta ésta entró por tierras de su hermano don Alfonso, y vencido éste en las batallas de Llantada y Golpejar, y encerrado luego en Sahagún, de donde huyó a Toledo, se apoderó aquel de sus estados. De igual manera despojó a D. García del reino de Galicia y a Dña. Elvira de Toro; mas al intentar lo mismo en marzo de mil setenta y dos contra Dña. Urraca, halló en ésta una animosa dama y en Arias Gonzalo un esforzado y prudente Gobernador”.

 

Para hacernos una idea de la obra vamos a escuchar a dos componentes del grupo Maliayo leer la escena once del Primer acto. Trata de la compra del traidor...

 

 

(Intermedio en el que representa una de las escenas de la obra el grupo Maliayo de Villaviciosa bajo la dirección de Juan Jurado. Ver Apéndice I)

 

 

Desconocemos qué final encontró Zurro para su drama tras la muerte de Sancho II, puesto que no tenemos esa última parte de la obra. En cuanto a los personajes históricos que entran a formar parte conviene tener en cuenta algunos extremos. Por ejemplo, que Doña Urraca de León o Urraca Fernández (1033), pasa su niñez en el palacio de los Arias Gonzalo, que salvaron a Zamora del reto de la traición, por lo que sus hijos le hicieron gran duelo a su muerte. Doña Urraca actúa años después de madrina de armas del Cid y se hace fuerte en su plaza de Zamora, sitiada por su hermano Sancho durante siete meses, curiosamente desde marzo hasta el 7 de octubre del año 1072. Es curioso que coincidan los mismos 7 meses que trascurren desde el estreno de la obra hasta la muerte del autor. Porque incluso fue ese día 7 y mes (octubre) tras los siete meses de asedio cuando es asesinado el rey Sancho II por Bellido Dolfos. Tras la muerte del rey Sancho, es proclamado rey de Castilla y de León su hermano Alfonso VI y doña Urraca mantiene así su plaza de Zamora.

Parece ser que doña Urraca fue una mujer independiente y muy libre de expresión. Si hemos de creer al romancero, se enfrentó a su padre en el lecho de muerte con estas palabras:

“¡y a mí, porque soy mujer,

 dejáisme desheredada!

Irme he yo de tierra en tierra

como una mujer errada;

mi lindo cuerpo daría

a quien bien se me antojara,

a los moros por dinero

y a los cristianos de gracia;

de lo que ganar pudiere,

haré bien por vuestra alma”.

 

Algunos romances viejos sugieren que estaba enamorada de El Cid, aunque éste había preferido casarse con Doña Jimena, hija del Conde Lozano. Y otros consideran sus amoríos con Bellido y aún con Arias Gonzalo, de lo que no parece haber evidencia histórica.

 

A finales de la Edad Media se extiende por todo el reino de León la fama de santidad de Doña Urraca atribuyéndole una serie de milagros.

Su tumba, como la mayor parte de las del Panteón de los Reyes fue saqueada y destruida por los franceses durante la Guerra de la Independencia. El resto de los testimonios materiales en su mayoría han desaparecido quedando el palacio de Doña Urraca como la más interesante referencia a la vida de la Reina.

En cuanto al traidor Bellido Dolfos, protagonista de nuestro drama, un fingido desertor que consigue la amistad de don Sancho y con la excusa de que le iba a mostrar una puerta de fácil acceso para tomar la ciudad le asesina con el propio venablo del  monarca. Al verlo huir el Cid lo persigue pero él entra en Zamora por la puerta llamada “de la traición”, dando a entender a los zamoranos que doña Urraca había aprobado el magnicidio, y él acaso se arriesgó según las crónicas con la esperanza de casarse con ella. El romancero es pródigo en narrar los detalles de este hecho. Por ejemplo cuando dice:

 

¡Rey don Sancho, rey don Sancho!,

no digas que no te aviso,

que de dentro de Zamora

un alevoso ha salido;

llámase Vellido Dolfos,

hijo de Dolfos Vellido,

cuatro traiciones ha hecho,

y con esta serán cinco.

Si gran traidor fue el padre,

mayor traidor es el hijo.

Gritos dan en el real:

-¡A don Sancho han mal herido!

Muerto le ha Vellido Dolfos,

¡gran traición ha cometido!

Desque le tuviera muerto,

metiose por un postigo,

por las calles de Zamora

va dando voces y gritos:

-Tiempo era, doña Urraca,

de cumplir lo prometido.

 

Aunque hay romances que consideran a Dña Urraca instigadora del magnicidio, como se desprende del final del anterior: “Ya era hora, Doña Urraca, de cumplir lo prometido” no está muy clara su intervención en él.

Al refugiarse Bellido en Zamora, tras el regicidio, fue puesto en prisión por Arias Gonzalo, a pesar de las protestas de Doña Urraca.

El final del traidor Dolfos lo ignoramos. Algunos cronistas sostienen que Doña Urraca le permitió abandonar Zamora y desapareció su rastro para siempre, probablemente perdiéndose en tierras de moros. Otros, sin embargo, aseguran que Diego Ordóñez, que retó y venció a los caballeros zamoranos para vengar la muerte de su primo el rey Don Sancho, exigió la entrega del traidor, que fue “descuartizado vivo por cuatro caballos”.

Hay otra versión que duda hasta de la existencia del tal Bellido afirmando que el rey Sancho fue asesinado mientras realizaba sus necesidades junto a las murallas de Zamora, por un soldado anónimo que desconocía la identidad de su víctima.

En cuanto a Alfonso VI, rey de Asturias y León hay que aclarar que los avilesinos le debemos agradecer el haber otorgado en 1085 un fuero del que hoy nadie hace uso. Es curioso que la única calle que le recuerda no sea a él sino a su nieto Alfonso VII que lo más que hizo fue confirmarlo en 1155, 70 años después. Además Alfonso VI había llegado a Oviedo el año 1075 para donar a la catedral el arca de plata donde guardar las reliquias. Con su hermana Urraca y con el Cid asistieron a la apertura de la vieja arca donde se conservaban dichas reliquias. Desde Oviedo abrió el Camino de Santiago etc. Alfonso VI muere el año 1109, hace 900 años. Y una de sus esposas Isabel, fue monja de las Pelayas en Oviedo. ¿Aprovechó Zurro alguna de estas versiones para rematar su obra? Como venimos diciendo al faltarnos el final del texto lo ignoramos.

En el prologuillo de la obra nos da una posible pista cuando se pregunta ¿Quién movió al traidor a obrar de esa manera?  Y añade que  “hay en la Historia un velo harto denso, aunque la tradición nos cuenta en sus romances la inocencia de Zamora y la hidalguía de los Arias. Yo sin apartarme de las fuentes históricas aproveché el vasto campo que tal acontecimiento brindaba a mi imaginación para poder componer, este modesto ensayo, cuyo objeto, alma y parte, la más saliente de la historia de Zamora,  aun hoy parece que está reciente, después de tantos lustros como desde entonces acá han pasado. Si en parte siquiera lo consiguiera, fuera este mi mayor contentamiento”.

 

PERSONAJES DE LA OBRA

 

En cuanto a los personajes que intervinieron en la obras, tanto históricos, como de ficción y sus actores reales, todos compañeros de Zurro son los siguientes:

Raimundo: Soldado, 22 años lo encarnó el seminarista Martínez de la Riva.

Enríquez: Soldado, 25 años: Luis Campomanes García de Pajares.

Arias Gonzalo: Consejero de Dña. Urraca, 60 años: Felipe Cienfuegos Pulgar, de Carabaazo, capellán luego en Mieres.

Pedro Arias: Hijo del anterior, 15 años: Ortiz González, de Turón.

Bellido Dolfos: Espía, 35 años: Jaime Caldevilla García-Villar, de Cangas de Onís, fue uno de los seminaristas que unos 20 días después fueron a reconocer los cadáveres a la fosa común de San Salvador donde habían sido enterrados, para darles sepultura individual sacerdotes, profesores y seminaristas, e incluso el enterrador que cavó la fosa. Hoy están cuatro de ellos en un mismo nicho. Caldevilla aparece en una foto junto al muro señalando el lugar donde fueron fusilados. Al finalizar la guerra estudió Filosofía y Derecho en Oviedo ejerciendo en esta la docencia. Fue director de la Revista Iglesia Mundo, y en Oviedo del diario Región. Luego consejero de Información y prensa en la embajada de España en Cuba. Casado con Rosa María Menéndez Carrillo. Falleció el día 23 de agosto de 1976 en Madrid.

Sigfredo: Caballero, 30 años lo encarnó Adolfo Lana Rodríguez, maestro de Miranda muchos años vecino actualmente (2010) de Pola de Somiedo .

Rodríguez: Caballero, 30 años. Cuando va disfrazado de monje representa unos 70 años. Lo encarnó Rodríguez Álvarez ¿Demetrio?

Fortún: Escudero de D. Sancho, 60 años: Demetrio Rodríguez. Según un Cartulario de Santa María la Real de Nájera (año 1209) un Fortún aparece como copero de Sancho II. No hay más datos.

Nuño: Soldado, 32 años: Vicente Fernández Alonso ordenado en 1935. Párroco de Riaño. Langreo y capellán de al Residencia. (*1908)

Íñigo: Caballero, 20 años: Fernando García González, cura de Piñera Navia.

D. Rodrigo Díaz de Vivar, o El Cid: Caballero, 42 años: José Tomás Díaz Caneja, estuvo de cura en Cudillero y de allí pasó a Onís y Villanueva (Parres).

D. Sancho: Rey de Castilla, 35 años: Eloy Martino González, natural de Piloña, capellán de monjas carmelitas, en Gijón.

D. Alfonso: Rey de León, 36 años: Luis García Céspedes, de Villaviciosa. Un clérigo de Santa Gadea, 30 años: García Posada.

Un Arzobispo, 60 años. Ramón Otero Díaz, ordenado en 1942. Eran dos hermanos curas, uno por la zona de Cangas.

Un Obispo Luis Campomanes García de Pajares (repe).

Un monje. José Mª Alonso Díaz, de Vegadeo, cura de Villallana (Lena) y seis parroquias más.

Caballero: Menéndez Arango.

Soldados: Alonso y Francisco Andina Raigada, párroco de Navelgas *1916, y Pueblo.

José Manuel Álvarez Miranda, Fue el Director escénico. Se ordenó ese mismo año 1934, y fue uno de los que llevaron a Mieres. Encerrado con los frailes de Turón no salió para el Cementerio porque en el camión ya no había sitio para más. Al ver irse a los frailes él y otros sacerdotes allí les dieron la absolución. Fue después capellán del Hospital provincial, promovió la puesta al día o construcción de rectorales, o casas de sacerdotes, gestión que le valió el sobrenombre de “el cura de las casas”. El tenía la obra completa, pero al morir debió de ir al fuego con infinidad de otros papeles. Fueron decoradores de la obra D. J. Manuel G. Fernández y Sr. Jomalvarez. También José Manuel ayudaba en la pintura de los decorados.

 

Otros compañeros de clase que no tomaron parte en el drama fueron D. José Manuel Valle, párroco actualmente de Caldones. Este anciano recuerda con un afecto y cariño enorme aún a compañeros de curso y su destino o lugar de origen aunque no siempre los apellidos: Ramón Rodríguez Álvarez, que fue luego mayordomo del Seminario, Teodoro López Soto, cura en Carreño... etc. y desde luego a Adolfo Lana, al que siempre le llama Adolfín. Por su parte este a sus 93 años y 70 de distancia aún recuerda a Cienfuegos, a Caso  a Asprón de Cangas de Onís, a Faes, a Vicente de Naraval, a otro que le llamaban Sabugo, a Couso, a Benjamín, etc. y ¿cómo no? a José Manuel el cura de Caldones.

 

LA PARTE MUSICAL

 

Hay un dato en el manuscrito al que en un principio no le di mayor importancia: “La partitura de la obra ha sido compuesta por el seminarista de Salamanca, Dn. Constancio Palomo González, alumno de cuarto año de Sgdª. Teología” Al leer esa 1ª parte vi en efecto que había algún trozo, poco, musicado. Me imaginé que algún seminarista de Salamanca amigo y aficionado sin más a la música era el autor de esos compases. Otro día una vez muerto don César encontré también por azar en fotocopia unos papeles sueltos con unos pentagramas, sin acompañamiento, bajo el título “El traidor Bellido Dolfos”. Pude haber iniciado entonces la búsqueda del autor en Salamanca pero me imaginé que todo esfuerzo iba a ser en vano y me conformé con tener aquella primera parte de la obra y aquellos compases como una reliquia.

Con paciencia fui ordenando la música, porque venían varios pasajes repetidos y tonalidades un poco confusas, seguramente habían sido papeles repartidos entre los cantores y copiados sin mucho rigor. José Mª “Chema” Martínez me los pasó a limpio, algo que convenía hacer para su mejor conservación. Tenía alguna duda sobre ciertas melodías y consulté con alguno más. Cuando los Amigos del País me encomendaron hablar de este tema del que ya había escrito un reportaje en la prensa,  volví a retomar el estudio de la obra y del autor. A ellos debo por tanto encontrar lo que encontré. Había que saber quien era el tal Constancio Palomo. Llamé al Obispo don Raúl, me dio direcciones de la Curia de Salamanca, y lo mismo Don Atilano, Obispo de Ciudad Rodrigo, pero en el Obispado estaba el personal de vacaciones. Busqué en Internet y me llevó a la obra “La torre de las campanas de Salamanca” de la catedrática de dicha Universidad Mª Reyes Yolanda Portal Monge. Leyendo un prologuillo en el que reseña agradecimientos me encuentro con el siguiente dato: “... mi sincero agradecimiento (cita varios) a D. Constancio Palomo, Deán de la Catedral, ya fallecido al que me unían lazos de amistad familiares, que me abrió las puertas y me facilitó la realización de este trabajo...”. Fue como una revelación. Busqué su teléfono, y una vez localizada me habló larga y tendidamente sobre aquel sacerdote músico, que llegó a Deán de la Catedral. Más aún, me dijo que todos sus papeles y composiciones musicales habían ido a parar al Archivo catedralicio. Me faltó tiempo para ponerme en contacto con sus archiveros. Les di la información en espera de respuesta. Entretanto Don Atilano me había contactado con otro sacerdote Don Victoriano García Pilo Canónigo y Organista Titular de la Catedral, fundador y director del Coro de 65 voces mixtas “Francisco Salinas” de Salamanca que me habló de la labor musical y curial de don Custodio pues había hecho prácticamente de administrador de la Diócesis treinta años. A los pocos días el archivero me dice que en efecto, entre los papeles de don Constancio está la obra: “El traidor Bellido Dolfos”. Ni que decir tiene la alegría del hallazgo. Evito otras muchas gestiones para no agobiar. Confieso que fue una búsqueda hasta novelesca pero sobre todo apasionante máxime teniendo un final feliz, pero feliz a medias pues cuando yo esperaba encontrar el texto completo de la obra completa solo estaba completa la parte que había sido musicada.

Quien era Constancio Palomo? Nacido el mismo año que Zurro, en 1912, fue seminarista de 4º de Teología en Salamanca en 1934. Ejerció de Canciller secretario del Obispado de Salamanca y fue Director del coro de niños de la Catedral donde conoció a un tío de la catedrática de arte con cuya familia le unieron lazos familiares. El año 1962 acompaña como canciller secretario del Obispado, al Obispo Barbado Viejo, Obispo en 1934 en Cáceres y a partir de 1940 de Salamanca. En 1980, dos años antes de su muerte (1982) forma parte de la Comisión de Servicios Especiales del IV Centenario de la muerte de Santa Teresa de cuyo himno es el autor.

Su biografía la recoge un libro “La música sacra en la catedral de Salamanca”, aparecido en mayo de este año. Compuso Oratorios como el Naín, el Cristo de Cabrera, etc. y diversas piezas para coros. Su gran facilidad para componer junto con la cantidad de cargos que la Curia le encomendó sin duda fue un poco en deterioro de la calidad de sus composiciones. Con todo me asegura que fue un músico de altura de reconocido valor hoy día. Lo más sorprendente es que siendo amigos y habiendo pasado horas de conversación con él nunca le haya hablado de este trabajo de su juventud ni siquiera de Zurro. Para hacernos una idea de la música que acompaña la obra aunque solo sean unos compases y solo la melodía vamos a escucharla de manos de dos alumnos del Conservatorio, una deuda más que hemos contraído con Chema su director. El ideal sería un coro, pero a falta de voces buenas son teclas.

 

(Intermedio: Ejecutan una de las piezas de la obra componentes de un grupo musical del Conservatorio de Avilés dirigidos por José María “Chema.)

 

 

TANDEN ZURRO FANJUL-CONSTANCIO PALOMO

 

Hoy, a 75 años de distancia y sin apenas testigos ni documentación escrita es difícil saber qué amistad unía a estos dos seminaristas. Sin embargo hay una pequeña luz en el siguiente dato. Desde 1930 está de párroco de Figaredo, donde residía Zurro, don Avelino López Castro, nacido en Trevías en 1896 y que sería con el tiempo fundador de la obra Acies Chrhristi, conocidos popularmente como “Los Avelinos”. Había empezado sus estudios para dominico en Corias de Cangas del Narcea, pero habiendo enfermado los termina en el Seminario de Oviedo donde se ordena en 1923. En Figaredo, aunque tenía gran predicamento entre los mineros, tuvo que salvarse el año 34 pasando por ser un “representante de pianos”.

Si Don Avelino estudió con los dominicos y terminó siendo  secretario de cámara del Obispo asturiano Barbado Viejo que llevó consigo para Salamanca varios canónigos y sacerdotes es de suponer que este trato con ellos lo llevara a conocer a Constancio y que en alguna conversación o correspondencia surgiera la idea de colaborar en el drama de Zurro, con una parte musical. Todo ello no son más que hipótesis y suposiciones.

Una carta que me ha llegado esta mañana del Archivo de Salamanca con la portada del manuscrito viene a aclarar un poco el tema. El manuscrito tiene un nombre debajo: J. Manuel Álvarez Miranda, que es el director escénico de la obra. Por tanto pudo haber sido quien puso en contacto al  autor y al compositor.

 

La obra se estrenó el día 7 de marzo de 1934, festividad de Santo Tomás de Aquino, dominico por más señas. La ropa se alquiló en una casa de Oviedo.

La pequeña sala de actos del Seminario no se prestaba, de ningún modo, para el estreno y este tuvo lugar en el Cine Mutualidad situado en el mismo barrio de Santo Domingo o acaso en el mismo Convento que sirvió para tantos menesteres. En octubre de 1934 se proyectaba en los cinematógrafos de Oviedo (así se denominaban), cintas tales como La Cruz y la Espada, que el Toreno anunciaba en el periódico ‘La Voz de Asturias’, como ‘la mejor creación del gran divo José Mojica con Anita Campillo y Juan Torena… preciosas canciones. Diálogo cuidadísimo de Miguel Zárraga. Escenas de intensa emoción, todo ello con un sello de zarzuela grande’ Al tratarse de la misión franciscana de Fray Junípero en California, no debió de pasar desapercibida a Zurro, entusiasta del mundo misional como ya hemos apuntado. A Mojica, cuando se metió fraile le dedica Lara la conocida canción “Solamente una vez amé la vida” (Carlos Novoa, El cine en Oviedo. Del Fandiño a Los Prados” (blog).

Zurro cosechó aquella noche un gran éxito, dice Adolfo. Asistió mucha gente, pues no sólo estaban los seminaristas sino que vinieron invitadas las alumnas de las (adoratrices) y dominicas. Desde el escenario cuando salí a actuar  veía al fondo  una especie de platea, [lo que indica que no era el salón de los dominicos]. Yo al terminar la primera parte bajé para sentarme con el público. Allí encontré a Concha la del Valle de Lago, a María la de Gabriel del Coto y algunas más de Somiedo que venían a vernos actuar.

 Algo que siempre me intrigó fue pensar ¿cómo a Zurro le daría por hacer una obra tan difícil? Tuvo que leer muchísimo, porque esa historia es un poco complicada, e imaginarse los pasadizos, para ir escribiendo toda la trama. Como Doña Urraca es mujer no aparece en la obra,  ya que a una mujer no se le permitiría actuar con nosotros, seminaristas, por razones de disciplina”.

 

FINAL  DEL DRAMA

 

Zurro dejó su drama terminado, aunque según confesión al director  deseaba corregirlo en especial la primera parte. Pero aunque las últimas escenas, como son las del asesinato de don Sancho o la Jura de santa Gadea se han perdido o extraviado él en cambió sí dejó el final de su drama personal gloriosamente terminado y rubricado no con tinta sino con su propia sangre en 1934.

 

En efecto, como queda dicho, siete meses después del estreno del drama, el día 7 de octubre de 1934 festividad de Ntra. Sra. del Rosario, los revolucionarios llegados desde Mieres, bajaron por la colina de San Lázaro y se acercaron al Seminario. Cuando sonaban las balas en los muros los PP. Paules dieron orden a los seminaristas para que abandonaran el recinto. Apresuradamente dejaron las sotanas y buscaron trajes de seglar y boinas para tapar la coronilla los que la tenían. Uno más fuerte arrancó la verja de hierro que cerraba un balcón y saltaron por allí los que pudieron.

Un grupo de ellos se refugió en una casa en construcción, inmediata al Seminario, otro grupo que salió de allí antes de que los revolucionarios llegasen, se internó por un callejón que hay en la misma Travesía del Monte de Santo Domingo, perpendicular a la calle, y se refugiaron en un sótano, del que algunos salieron en seguida, quedando allí nueve: ocho seminaristas y el P. dominico Esteban Román Cachero. Permanecieron en aquel lugar toda la noche, conversando, rezando y discutiendo si serían mártires, caso de ser fusilados y hasta recibieron la absolución impartida por P. Dominico

Entre las doce y una de la tarde, después de haber pasado veinticuatro horas sin comer ni beber, pareciéndoles que no había gente por allí, se dispuso a salir uno de ellos, Gonzalo Zurro. Saltó una tapia, atravesó una callejuela y un patio, y al salir a la calle fue descubierto por los “guardias rojos”. Le dijeron que no les pasaba nada y dando orden a los demás de que salieran, fiados en que nada les harían sino presentarles al Comité, salieron todos, a excepción del Padre dominico y del seminarista somedano Juan Alonso Díaz. Este se dispuso a salir creyendo que se trataba de guardias de Asalto, pero al ver que eran revolucionarios logró, sin ser visto, volver a su refugio, lo mismo que el Padre dominico. Allí permanecieron los dos durante varios días, sin comer ni beber. A los otros siete los llevaron por la Travesía hasta dar vuelta a la esquina de la carretera de Santo Domingo. Las personas que se habían reunido allí no cesaban de gritar, insultándolos y apostrofándolos. Doblada la esquina, habían andado unos pasos, camino de San Lázaro, cuando les ordenaron detenerse junto a un portón. Los seminaristas iban de uno en fondo con un guardia delante y otro detrás. El que iba delante se volvió, y sin decir palabra, comenzó a disparar su fusil a quemarropa.

Cayeron los tres primeros, no sin que antes el que estaba a la cabeza, que era nuestro Gonzalo Zurro, al ver el fusil apuntando gritara, acaso por respeto al republicanismo de quien le disparaba no un Viva Cristo Rey, como era fue el grito de muchos mártires de entonces,  un “¡Viva España Católica!”. Seguían a Zurro Ángel Cuartas y Mariano Suárez; a éste la bala le había partido la cara y se desangraba rápidamente. Caídos los tres, uno de los revolucionarios dispara sobre el cuarto José González García, los tres últimos cartuchos del cargador, errando los tres. Entonces del pelotón le hizo un disparo de pistola por la espalda, hiriéndole en el muslo, aunque de poca gravedad, y cayó junto a los compañeros. Los revolucionarios siguieron fusilando a los otros tres, Jesús Prieto, José María Fernández y Juan Castañón. Este era el más joven y contaba sólo diecisiete años. Después fueron rematando a tiros y a golpes a los que aun tenían algo de vida. Al ir a disparar nuevamente contra José González García, que sólo había sido herido, una mujer dijo: “Este nun ye cura ¿nun veis que nun tien corona?”. Le interrogaron y contestó que, en efecto, no era cura, sino estudiante. Esta escena es clave para demostrar que la causa de su muerte no fue política sino religiosa: ser cura o estudiar para cura. Argumento más que sobrado para declararlos mártires. José González fue llevado al Comité y destinado a Mieres corno prisionero y es el que pudo contar minuto a minuto toda la tragedia de estos siete chavales.

También murieron tres padres paúles que regentaban dicho centro:

El P. Vicente Pastor que era el inspector de disciplina del Seminario, donde sólo llevaba quince días. Había sido destinado este curso a cuidar de la disciplina del Seminario de Oviedo. Aquí le sorprendieron los sucesos revolucionarios, que le ocasionaron la muerte.

El P. Tomás Pallarés e Ibáñez llevaba cuatro años en el Seminario de Oviedo, como director espiritual y últimamente como Vicerrector. Los revolucionarios le llevaron prisionero al Instituto Alfonso II el Casto, siendo una de las víctimas al estallar el polvorín que en aquel edificio tenían acumulado.

Finalmente el hermano lego Salustiano González, muy querido de los seminaristas por su carácter sencillo y cordial. Al enfrentarse con los revolucionarios les pedía que le matasen a él, que para nada servía, pero que dejasen libres a los estudiantes. Hecho prisionero en el Instituto, fue asesinado allí y quemado su cuerpo como el del P. Pallarés. Los tres pertenecían a la Congregación de la Misión (PP. Paúles), a cuyo cuidado estaba la dirección espiritual del Seminario.

En el clero secular murieron el provisor del Obispado, el secretario de cámara y un canónigo del cabildo, junto a los párrocos de Olloniego, La Rebollada, Sama, Moreda, Valdecuna, San Esteban de las Cruces y Santa María La Real de la Corte. Tanto la prensa nacional como la regional se hicieron eco de la noticia. De la prensa nacional recoge un detallado relato la Revista Popular Ilustrada. Mundo Gráfico. Abre así la portada: Crueles episodios de la revolución en Asturias.” Refiriéndose a nuestro autor recoge el testimonio de Jaime Caldevilla, (“El traidor Bellido Dolfos” en la obra de Zurro y cronista aquí de la tragedia): “Eran las dos de la tarde... “No tengáis miedo -les dice un revolucionario- Vais solo a declarar al Comité”. Andan un corto trecho y les mandan que se paren. Enfrente se coloca un rebelde y les apunta con el fusil. Zurro pone los brazos en cruz y grita ¡Viva España católica! Muere de un balazo en la frente. Los demás caen fusilados. Hay seis en el suelo. Falta uno por matar...”.

 

Cuatro de los siete seminaristas que cayeron, cuatro, eran hijos de mineros: Mariano de El Entrego (Sama) su padre Mariano Suárez Llaneza trabajaba de Ayudante Facultativo de Minas, José Maria: de Pola de Lena, Juan Castañón: de Moreda, y Zurro Fanjul vecino de Figaredo. José Méndez era hijo de labradores, y Ángel Cuartas de marineros. La mina, el mar y el campo allí de cuerpo presente. No sé a donde llegaría en su carrera literaria Zurro ni si sus obras le darían la títulos de gloria, pero con su muerte sí que escribió el más sublime drama, cuyo final, rubricado con su sangre, es el mejor garante de la mas grande inmortalidad.

Sabugo, pues cuenta entre su gentes ilustres un dramaturgo más y sobre todo con un mártir. Y aunque el valor literario de su obra no traspasó las fronteras de su tierra, ni acaso se conoce entre nosotros, la luz de su memoria quedará imborrable entre las páginas más luminosas del martirologio.

Días después -concluye mi comunicante don Adolfo-,  me acerqué al barrio de Santo Domingo donde estaba el Seminario a ver cómo había quedado. Todo era una ruina, vigas calcinadas y paredes desmoronadas. Y allí encontré también a uno de aquellos chavales que jugaban al fútbol con nosotros en el patio. Creo que fui el primero del curso en conocer la tragedia. Nada más verme, lo primero que le escuché fue decirme: ¡Han matado a Zurro!, ¡han matado a Zurro...! y vino corriendo a abrazarme. Seguramente abrigaba por él la admiración del buen jugador de fútbol.  Luego me contó cómo asomado tras los visillos del balcón de su casa había visto caer a los siete y correr su sangre muy cerca del portón del Seminario...”, y más cerca aún, añadiríamos nosotros, de las puertas eternales de la gloria.

 

José Manuel Feito

Miranda e Avilés, 14 de septiembre de 2009.

 

 

 

 

APÉNDICE I

 

TEXTO RECITADO POR EL GRUPO MALIAYO DE VILLAVICIOSA

 

ESCENA UNDÉCIMA

(D. Munio y Bellido solos)

 

D. MUN.

Sentémonos.

(Toda la escena con misterio)

 

BELL.

Como gustéis.

 

D. MUN.

¿Podemos hablar aquí sin que nadie nos escuche?

 

BELL.

Con absoluta confianza. Ellos son los únicos que a estas horas pueden estar en esta sala, y se van; Dña. Urraca ocupa sus habitaciones y no viene casi nunca por aquí; así es que ya os escucho.

 

D. MUN. (Con desenvoltura).

¿Vais a hablarme con franqueza?

 

BELL.

Eso es natural en mí.

 

D. MUN. (Aparte)

No lo creo. (A Bellido). Contestad pues a esto. No habéis notado en mí nada.

 

(31) BELL. (Algo turbado).

Señor, que otra cosa he de notar en vos si no ciencia y virtud.

 

D. MUN.

¿Conocíaisme de antes?

 

BELL (Adulador).

¿Quien, al menos en Zamora, no os conoce a vos? Todos pregonan que sois sabio, virtuoso, varón de prudente aconsejar...

 

D. MUN.

En verdad, que sois gran adulador.

 

BELL.

Digo tan solo lo que sé y me dicen mis ojos.

 

D. MUN

¿Y si dijese que vuestros ojos ven mal?

 

BELL.

No comprendo lo que decir queréis.

 

D. MUN.

¿Y si os dijese: Bellido, no estáis hablando con el monje que creéis...?

 

BELL.

Contestaría que yo no soy tan ingenuo y creería que os chanceabais...

 

D .MUN.

¿Hablasteis con el confesor de Dña. Urraca más veces que hoy?

 

BELL. (Desconcertado)

Pero..., señor, ¿a donde vais con tales preguntas?

 

D. MUN.

Contestad.

 

BELL.

Hablar directamente...no; pero muchas veces le vi, y algunas también le oí.

 

(32) D. MUN.

Y entre él y yo, ¿notáis diferencia alguna?

 

BELL.

Señor..., ¡qué preguntas! Él sois vos, y vos sois él... La única diferencia que noto es que vos, parco siempre en palabras, habláis ahora...

 

D. MUN.

Bien, esta es la primera parte de mi cometido.

 

BELL.

Me tenéis más que intrigado con vuestro extraño proceder.

 

D. MUN.

Ahora conviene y debo deciros, (mirando a los lados con recelo), que yo no soy el tal D. Munio, ni tengo nada de monje. (Bellido va a decir algo, mas su interlocutor lo prevé y le dice:)

¡Silencio!

 

BELL.

Pero... ¿Es posible...?

D. MUN.

Mirad. (Bellido intenta levantarse). Sentaos, pues os conviene seguir escuchando. Acerca de mi persona nunca intentéis saber más, y en concluyendo de hablar olvidadme para siempre. Os parece todo esto extraño..., me admiráis... pero el estupor os causa mayor interés por conocer a donde llegará. Os seguiré diciendo: Sois ambicioso. (A un gesto de Bellido) ¡Callad! Sois plebeyo y deseáis encumbraros... Riquezas y admiradores... todo esto quisierais tener, y mas que nada ser noble infanzón... pero por otro lado reconozco que sois astuto, inteligente, hombre de dos caras: una la que mostrasteis hasta el presente; aduladora e hipócrita; otra la que es natural en vos, y que fielmente os retrata, vais a tener ocasión de darla a conocer. ¿Me equivoco?

 

BELL.

Por lo que veo, seáis vos lo que seáis, me es imposible engañaros; sabéis tanto y más que yo acerca de mi persona.

 

D. MUN.

Así me gusta; sois el hombre que necesitaba, y creo vamos a arreg1amos. Pues bien: tendréis oro, y con él, si sabéis aprovecharlo nobleza y admiradores; colmarán-se todos vuestros deseos y esto solo si en una cosa me queréis obedecer.

 

BELL.

¡Caballero!

 

D. MUN.

Nada he dicho: mostrad si os conviene y listo que el tiempo urge.

 

BELL.

Habrá que pensar...

 

D. MUN.

Obedecedme en una cosa, harto fáci1 para vos, y asunto concluido.

 

BELL. (Después de mediar unos momentos).

Soy todo vuestro.

 

D. MUN.

¿En cuerpo y alma?

 

BELL.

En alma y cuerpo.

 

D. MUN.

Lo esperaba. Vamos pues allá...

 

BELL.

Decís...

 

(34) D. MUN. (Familiar)

Zamora está en peligro; de seguir el asedio pronto tendrá que rendirse, pero tú vas a ser su salvador.

 

BELL.

¿Yo...?

 

D. MUN

¿Ves esta pared? (Señalando) En ella hay una puerta falsa que todos ignoran; da entrada a un pasadizo subterráneo que por una fortaleza sale al campo. Bajarás por él. Al llegar, fíjate bien, a dos escaleras, que encontrarás a doscientos pasos, mueves una hacia la derecha, pues es giratoria y te dejará ver un túnel nuevo, por el cual continuarás, después de volver a su primitiva posición la escalera dicha. La salida a que el túne1 te conducirá se halla, como te dije, al pie de una de las torres, y está hábilmente disimulada entre peñas y arbustos. Entonces al juntarte con los de D. Sancho, preguntas por este. Dícesle que eres desertor, que enterarle has de muchas e interesantes cosas..., en una palabra: procuras ganarte su confianza. Una vez esto conseguido, y antes de que vuelvan a atacar la p1aza, procura alejarle de su tienda con pretexto de enseñarle un lugar en la muralla, por donde será más fácil entrar. E1 confiado, creeráte, y entonces tú...

 

BELL.

Al otro mundo le mando...

 

D. MUN.

Vamos; veo que me comprendiste.

 

BELL.

¿Y yo luego...?

 

D. MUN.

Déjame proseguir. Esto sabrán-lo algunos, que estarán al tanto y te echarán el puente levadizo, que ganarás muy presto, azuzando el caballo que te había dispensado el ya mas nunca ambicioso rey. A cambio de esto... por ahora aquí tienes... (Le entrega una, bolsa con monedas de oro). Pero... ¡ay de ti, si en vez...!

 

BELL.

Descuidad, señor...

 

D. MUN.

Aunque tú no lo veas, contarán todos tus pasos.

 

BELL.

Es poco lo que pedís y mucho lo que ofrecéis.

 

D. MUN.

¿Estás, pues, bien enterado?

 

BELL.

Dejadlo todo de mi cuenta.

 

D. MUN.

Pues entonces, márchate ya. Aquí nadie preguntará por ti; yo me encargo de justificar tu ausencia con un supuesto correo que diré llevaste a Toledo, por mandato de Dña Urraca. Vete pues, y graba bien en la mente mis últimas palabras: “Jamás intentes saber quien es al que así te habló, porque entonces ¡ay de ti! ¡¡¡morirás!!!Y toma...,

(Al sacar el puñal deja entrever, sin fijarse, el escudo de sus armas, con fondo azul y cruz blanca, que en rico bordado lleva sobre la parte izquierda del pecho),  que este venablo, tráigale muerte fatal.

 

BELL.

(Desapareciendo por la puerta secreta al D. Munio decirle sus últimas palabras): Dios os guarde.

 

(36) D. MUN. (que cerró:).

Satanás vaya contigo.

 

 

CORO DEL CONSERVATORIO O MÚSICA INSTRUMENTAL

 

 

UNA. VOZ. (En la música se dice CORO)

Sobre la parda llanura

Picas fulgen más de mil.

Rindámonos cuanto antes,

Inútil sería seguir.

(Terminan los cinco compases de silencio con el siguiente acorde)

 

(CORO con distinción)

Capitular queremos

Capitular, sí, sí!

Afuera en la llanura

Hay picas más de mil.

 

UNA VOZ.

Con las fuerzas que llegaron.

No podremos resistir.

(CORO)

Capitular queremos,

capitular, sí, sí!

ARI

¿Quien levantó la bandera

de esta insubordinación?

 

(CORO)

Todos, todos; fuimos todos;

Todos y nadie, Señor.

 

ARI. G.

Sedme francos y decidme...

(CORO)

Ya todo dicho quedó.

 

ARI.

Sabemos que sois de Sancho.

Sois de Sancho, rey rapaz,

Sabemos quien os dirige,

Quien es vuestro capitán.

 

(CORO) 26

Si con Sancho paz queremos

Queremos el menor mal

Si alguno el mayor mal quiere

Mil muertes merece el tal.

 

(UNA VOZ)

Decídselo a Dña Urraca,

Hacédselo bien saber,

Ayer por ella luchamos,

Hoy por nos debe ceder.

 

ARI.

¡Caballeros! ¡Pueblo todo!

Vuestros jefes, ¿dónde están?

¿Dónde está Rancés? decidnos,

 y Sigfredo, ¿dónde está?

 

CORO

No han salido de sus torres,

por que veáis su lealtad.

 

ARI

Id algunos a llamarlos,

pues lo habremos de tratar.

Por ahora retiraos.

 

(UNA VOZ)

Queremos capitular.

 

(CORO alejándose).

Capitular queremos,

Capitular sí, sí.

Afuera en la llanura

Hay picas más de mil...