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FIESTA SACRAMENTAL EN SALINAS 8-08-2010
Cuando uno recorre los países de influencia protestante o luterana y visita nuestras viejas catedrales góticas o románicas, convertidas tras la Reforma, en capillas protestantes, las encuentra, o eso parece, un tanto frías. Y es que las catedrales católicas dan otro aspecto, si cabe, más cálido, más luminoso. De la frialdad de la luterana salpicada de sepulcros, sin ningún altar ni imagen se pasa a un espacio iluminado, decorado y sobre todo con una presencia misteriosa que se palpa. Se diría que allí huele a Dios. Es una impresión que también captó Federico García Lorca en Nueva York. En una carta a sus padres en 1929 decía: “He asistido a oficios religiosos de distintas religiones y he salido dando vivas al portentoso, bellísimo, sin igual catolicismo español, nada que ver con los cultos protestantes... (Aquí usa frases un tanto duras contra estos). Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una misa en España” (ABC, 26 de noviembre de 1989). Algo parecido, a pesar de su irreverente Teledeum, dijo Albert Boadella refiriéndose a las grandes misas pontificales, que como manifestación artística no tienen igual. Es cierto que en lo tocante al conocimiento de la Biblia el mundo protestante nos aventaja a los católicos, y acaso en un trato personal más íntimo con el Jesús del Evangelio. La razón es que nosotros hemos construido una teología perfectamente estructurada, razonada; en cambio ellos van más hacia el espíritu que se desprende de la Biblia y que ellos interpretan libremente, sin que le permitan al católico usar de esa misma libertad de poder, como ellos, interpretarla libremente. De todas formas hoy también hay sectores en la Iglesia preocupados en acercarse más y más al espíritu del Evangelio. Los judíos tenían una doctrina fundamentada en El Decálogo. Sobre él pivotaba de algún modo la presencia de Iahvé. Diez mandamientos que pueden quedar en ocho, ya que el sexto y séptimo se repiten en el noveno y décimo. ¿Por qué este doblete? Porque son dos mandamientos que han sido desde siempre tropiezo y caballo de batalla para el hombre: la lujuria y el robo. Lo expresaban muy bien unos versos que alguien escribió bajo el cuadro “El carro de heno” de El Bosco: Si en sexto no hay perdón y en el séptimo rebaja a Dios le queda otra opción: llenar el cielo de paja. Los pecados capitales no son tales pecados mientras se mantengan dentro de unas normas. El novelista W. Fernández Flórez, en un interesante libro los llama “Las siete columnas” porque sobre ellas se asienta la sociedad y su desarrollo. Necesitamos un poco de soberbia o amor propio, un poco de avaricia o afán de superación, de ira o capacidad de reacción, de lujuria, de pereza, de envidia, la “santa envidia”. Pero… ¿Cuándo se convierten en pecado? Cuando estos deseos, el Catecismo los llama apetitos, derivan en “apetitos desordenados”. Por eso, por la dificultad que entrañan, tienen en el decálogo un doblete que es el noveno y el décimo: “No desear la mujer de tu prójimo” que es la antesala de “no cometer adulterio”, así está expuesto en la ley mosaica (lo de actos impuros se añadió después). Y “no desear los bienes ajenos” que es la antesala de “no robar”. El deseo, que Buda pone como el mayor mal del hombre, la Biblia lo hace valer también frente a estos dos mandamientos. Porque lo que se desea, bueno o malo, se termina llevando a cabo de una forma u otra, y si no se lleva a cabo, por el hecho de desearlo (el que desea una mujer, dice Jesús, ya pecó en su corazón. Mt. 5, 27). Por tanto “cuidado con lo que deseas; puede hacerse realidad”. No desear en esos dos campos es media tentación vencida. Ya cumplían los judíos con Dios si observaban la ley. Basta recordar la oración de fariseo: Yo me confieso a Dios de no ser como los demás (si nos fijamos, el yo pecador al revés), y cita precisamente esos dos mandamientos: No robo, no cometo adulterio... Además cumple con los mandamientos de la Iglesia: Paga diezmos y primicias. Y Jesús no dice que mintiera. Pero lo condena porque se siente justificado solamente por cumplir la ley, despreciando a los demás. Nuestros viejos catecismos, siguiendo el Evangelio, reducían el decálogo aún más, dejándolo en dos: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Esta expresión, como a ti mismo, tiene una fuerza enorme. En una pareja que se casa, el mayor enemigo para la convivencia es el amor, el amor…, sí, claro, el amor, pero hay que añadirle un adjetivo: el amor propio. Ya se pueden querer dos personas con todo el amor del mundo, pero en cuanto una pisa el amor propio de la otra es fácil que aparezca el chispazo de la desavenencia. Jesús podría haber puesto como punto de comparación el amor de la madre al hijo, el del esposo a la esposa, el del enamorado a la enamorada, pero con eso y con todo, ese amor no es amor total, el amor total es amar como te amas a ti mismo. Lo que gastamos en cosas superfluas o dañinas para nosotros no nos duele nada; pero nos produce sarpullidos, incluso lo necesario si es en beneficio del vecino. Finalmente viene Jesús y ya no habla de 10 mandamientos, aunque no los elude, ni de ocho, ni siquiera de esos dos que en alguna ocasión cita, Jesús nos habla de un solo mandamiento: Un mandamiento nuevo os doy, uno solo, que os améis unos a otros. Y no ya como a vosotros mismos, no, él da un paso más para limpiarlo de egoísmo y añade: “como yo os he amado”, es decir, hasta dar la vida por los demás. Sobrarían todas las leyes y castigos, todos los códigos y tratados de derecho si cumpliéramos ese solo mandamiento. “Cuantas más leyes más pecado”, decía Lutero y en parte tenía razón. Cristo la simplifica hasta quedarse con una sola palabra: amor. Todo el Dogma católico se reduce a un sustantivo: amor. Y toda nuestra ética y moral a un solo verbo: amar. Por eso la entrega generosa de algunas almas: Francisco de Asís, Teresa de Calcuta, el P: Vicente Ferrer, el P. Damián… ya sería un milagro más que suficiente para canonizarlos sin otros requisitos. Y es que en el “como yo os he amado” está el quid de todo nuestro cristianismo. Es una verdad que nos grita en cada sagrario y en cada altar el Dios que quiso hacerse hombre para, al hacerse visible, que pudiéramos tener a la vista un modelo a imitar, hecho de nuestra misma carne, a nuestra imagen y semejanza. Dios se hace hombre para enseñarnos cómo debe vivir un hombre que quiera parecerse a Dios. ¿Qué otro modelo, qué otro personaje histórico o artístico nos pueden presentar mejor para ser un hombre verdaderamente, que la vida y la entrega a los demás que hizo Jesús? Pero para amar como Él, también hay que amarlo a Él. Y los católicos adolecemos un poco o un mucho de este amor al Jesús del Evangelio, al Jesús de la Comunión, al Jesús de la Eucaristía. Uno a veces se sorprende de ver esas muchedumbres de creyentes camino de Lourdes, peregrinando a Fátima, o a Tierra Santa... ¿Por qué se dirigen allí? ¿Por qué cuando llegan se sienten como inundados por una especie de mística devoción y caen extasiados ante una imagen y hasta besan la tierra de aquel lugar? Porque les han dicho que allí se apareció la Virgen, que en aquel sitio nació, murió o resucitó el Señor. Pero allí ni está la Virgen realmente, ni el cuerpo resucitado de Jesús. Sin embargo en cada sagrario está él, real y verdaderamente presente, mucho más que en Tierra santa o que la Virgen en Fátima o en Lourdes y ya se ve qué poco caso le hacemos. Somos poco razonables. Es cierto que las iglesias permanecen cerradas por miedo a las profanaciones, pero un creyente de verdad, un enamorado de Cristo, un católico con la fe como un grano de mostaza sería capaz de abrir puertas y derribar muros y transportar montañas para buscar modo y manera de visitar algún sagrario -hay muchos por esos pueblos de Dios- y hacer ante él ese acto de fe: Aquí no se apareció el Señor, aquí está el Hijo de Dios real y verdaderamente presente. Dios está aquí. Ya se sabe que solamente esa fe no basta, tiene que mostrarse luego en obras y actitudes. No solo en palabras y rezos, sino en gestos de amor y caridad. Hoy el lenguaje, las palabras han sido devaluadas hasta tal punto que ya hablen de política, de sociología, de economía, e incluso de religión..., ya se escuchen en mítines, en sermones o en discursos de cualquier tipo (Santo Dios ¡cuánta palabrería!) siempre prometen y prometen y al final vemos que las palabras no se cumplen. Hay que abandonar el mundo de las palabras, en plural, y ceñirse al de los hechos. Dime lo que haces, o qué has lecho y no me prometas lo que vas a hacer. El lenguaje de los hechos es hoy la única moneda de curso legal para creer en la palabra. Es lo único que había que hacer valer en nuestra sociedad, en Política, en Religión, en Sociología, en Economía, en Literatura, en Arte, en lo que sea. Los primeros cristianos tuvieron esto tan presente que hacían exclamar a sus enemigos, no “Mirad qué bien hablan o qué bien rezan” sino: Mirad cómo se aman. Cumplían con el mandato: “En esto conocerán que sois mis discípulos…”. Hoy habría que decir: Mirad como se odian, se desprecian, se envidian, se ningunean… Por eso mucha gente no nos cree, damos una imagen de un cristianismo triste y desangelado que tiene poco que ver con el que late en el Evangelio. Damos una imagen de un Dios que, tal como lo presentamos, no es el Dios real. Hacen bien esos que se llaman ateos, hacen bien en no creer en ese Dios, porque ese Dios de cumplir leyes, de temer castigos y no amar que les mostramos o que ellos se imaginan, ese Dios no existe. Con muchas de nuestras conductas estamos dando una imagen falsa de Dios y demostrando que una gran parte de los cristianos estamos sin evangelizar, que el Evangelio no caló en nosotros, que somos paganos revestidos de piel de iglesia y cristianismo. Y así ¡qué difícil distinguir a un cristiano del que no lo es! ¿Creemos de verdad los católicos que Jesús está presente en el sagrario? ¿Creemos igualmente en su presencia real en los pobres, en los enfermos, en los encarcelados y forasteros, en una palabra, en nuestro prójimo, como dice Pablo VI en su encíclica Mysterium fidei? El lenguaje de los hechos hoy debe prevalecer, y más entre creyentes, sobre el de las palabras. Cristo es la Palabra, pero palabra hecha carne, es decir la que se dio no solo en palabras sino que se hizo por obra del Espíritu, realidad, un hombre como nosotros. Y Dios además se hace pan, un pedazo de pan, es decir bondad, para hacerse uno con nosotros. Venir a misa, rezar, comulgar podemos convertirlo en un mandamiento frío a la antigua usanza judía: Cumplo con el precepto y ya me considero un buen cristiano. También el fariseo cumplía con sus ritos, y mejor seguramente que nosotros con los nuestros, y fue condenado por Jesús. Sus hechos no correspondían a sus palabras. Con estos sentimientos de ofrecimiento, presencia y comunión sacramental con la Eucaristía o espiritual con nuestros hermanos y semejantes, con estos sentimientos vamos a proseguir participando en esta santa misa en la que celebramos por tercera vez la gran fiesta de la presencia de Cristo entre nosotros. Hoy fiesta sacramental en esta parroquia de Salinas debemos esforzarnos en practicar ese amor como el de Cristo, prometiendo recibirlo y visitarlo con más frecuencia en la Iglesia y en los pobres, en los tristes y en los enfermos, y de ese modo lograremos calentar nuestros lugares de culto y nuestra convivencia para que nuestras vidas sean evangelio vivo, nuestra palabra realidad viviente, para que nuestros templos sigan oliendo más a Dios y a eucaristía que a libro, y nuestra comunidad más a fraternidad y a amor, que a ley y a mandamiento.
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