Mi   pueblo...

                                                            ya no es mi pueblo...

 

 

Mi pueblo ya no es mi pueblo

ni sus casas son sus casas

ni sus caminos aquellos

que recorrí yo en mi infancia

con la “gancheta”, y el aro,

el gomero y la “esquitana”.

 

Mi pueblo ya no es mi pueblo,

cambió en hora malhadada

prados, tierras, lindes, huertos

por asépticas barriadas

y en vez de verdes praderas

hoy hay calles asfaltadas

donde en vez de oír  mi lengua

escucho lenguas extrañas.

 

Mi pueblo ya no es mi pueblo

ni su plaza aquella plaza

donde hace años se oía

el grito de “¡alza la malla!”

y a las niñas canturrear

“al corro de la patata”

al pie de una fuente fría

hecha de piedra labrada.

 

Mi pueblo ya no es mi pueblo

ni mi casa es ya mi casa,

solo lejanos recuerdos

de mil tardes me acompañan:

olor a hierba y a espigas,

ir con las vacas a Bárcena,

en otoño a cortar leña,

en verano a La Cabana

y siempre ya muy de noche

ir camino de la Fábrica

a llevar la cena al jefe

por qué mísera soldada.

 

Mi pueblo ya no es mi pueblo

casi sin chopos ni “fayas”

sin “ablanos” ni “noceos”

y ya nadie siembra escanda.

La maleza de los montes

dejó las sendas borradas,

“el molín” hecho una ruina,

las paneras entornadas.

En vez de implantar industrias,

abrir talleres y fábricas,

sembrar de robles los montes

los valles de pomaradas

se construye …una piscina

y además climatizada.

Y está el bosque abandonado,

las tierras abandonadas,

los ríos contaminados,

desocupadas las brañas.

Se han ido las golondrinas,

ya no se oye la calandria,

ni anidan ya los jilgueros

ocultos entre las ramas.

Las fuentes manan ocultas

agua fresca, pura y clara

pero también de las fuentes

se nos han ido las xanas…

¿Por qué seguir? si del pueblo

no ha quedado casi nada.

 

 

Por eso ya no es mi pueblo

donde apenas tuve infancia,

solo perdidos recuerdos

e imágenes muy lejanas

pues apenas con diez años

salí camino de Tapia,

pero esa es otra historia

que algún día he de contarla.

 

Mi iglesia ya no es mi iglesia

donde en tardes sosegadas

de verano en el silencio

las horas muertas pasaba

y aquella paz y quietud            

me servían de plegaria.    

 

Ni mi escuela es ya mi escuela,

hoy sin puertas ni ventanas,

solo en pie cuatro paredes

para almacén de chatarra.

Llegaba temprano siempre

y en el pórtico esperaba

a don Antonio el maestro

que, aunque siempre usó la vara,

nos enseñaba a estudiar

física, historia, gramática,

a echar cuentas y a escribir

derecho y con letra clara.

 

Mi pueblo ya no es mi pueblo

cuando en las grandes nevadas

y en  noches de filandón

miraba en el llar la llamas

brillar y danzar, al aire

de antiquísimas tonadas,

y oía historias de lobos

y hermosos cuentos de xanas

y a la par viejos romances:

aquel de “la loba parda”,

“Don Bueso”, o “La blanca niña...

¿dónde está la niña blanca...?”

En la mesa del escaño

jugaban cuatro a las cartas.

 

Mi pueblo ya no es mi pueblo

ni es ya su luna tan clara

iluminando los montes

tiñéndolos de nostalgia,

solo me queda brillando

un no sé qué sobre el alma

y aquel dudoso por qué

de una divina llamada.

 

Y también me queda el río

que como mi vida pasa

saltando de piedra en piedra.

Si un momento se remansa

vuelve a seguir con el mismo

mur mur con que se acompaña.

 Por eso me acerco a él

y entre cortadas palabras

le voy contando mis penas

y el secreto de mis lágrimas,

en verano por las tardes

de invierno por las mañanas.

Y puesto que lo que lloro

o añoro es agua pasada

lo voy echando al olvido

y escucho correr el agua.

 

                                  J.M.F