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Mi pueblo ya no es mi pueblo
ni sus casas son sus casas
ni sus caminos aquellos
que recorrí yo en mi infancia
con la “gancheta”, y el aro,
el gomero y la “esquitana”.
Mi pueblo ya no es mi pueblo,
cambió en hora malhadada
prados, tierras, lindes, huertos
por asépticas barriadas
y en vez de verdes praderas
hoy hay calles asfaltadas
donde en vez de oír mi lengua
escucho lenguas extrañas.
Mi pueblo ya no es mi pueblo
ni su plaza aquella plaza
donde hace años se oía
el grito de “¡alza la malla!”
y a las niñas canturrear
“al corro de la patata”
al pie de una fuente fría
hecha de piedra labrada.

Mi pueblo ya no es mi pueblo
ni mi casa es ya mi casa,
solo lejanos recuerdos
de mil tardes me acompañan:
olor a hierba y a espigas,
ir con las vacas a Bárcena,
en otoño a cortar leña,
en verano a La Cabana
y siempre ya muy de noche
ir camino de la Fábrica
a llevar la cena al jefe
por qué mísera soldada.
Mi pueblo ya no es mi pueblo
casi sin chopos ni “fayas”
sin “ablanos” ni “noceos”
y ya nadie siembra escanda.
La maleza de los montes
dejó las sendas borradas,
“el molín” hecho una ruina,
las paneras entornadas.
En vez de implantar industrias,
abrir talleres y fábricas,
sembrar de robles los montes
los valles de pomaradas
se construye …una piscina
y además climatizada.
Y está el bosque abandonado,
las tierras abandonadas,
los ríos contaminados,
desocupadas las brañas.
Se han ido las golondrinas,
ya no se oye la calandria,
ni anidan ya los jilgueros
ocultos entre las ramas.
Las fuentes manan ocultas
agua fresca, pura y clara
pero también de las fuentes
se nos han ido las xanas…
¿Por qué seguir? si del pueblo
no ha quedado casi nada.

Por eso ya no es mi pueblo
donde apenas tuve infancia,
solo perdidos recuerdos
e imágenes muy lejanas
pues apenas con diez años
salí camino de Tapia,
pero esa es otra historia
que algún día he de contarla.
Mi iglesia ya no es mi iglesia
donde en tardes sosegadas
de verano en el silencio
las horas muertas pasaba
y aquella paz y quietud
me servían de plegaria.
Ni mi escuela es ya mi escuela,
hoy sin puertas ni ventanas,
solo en pie cuatro paredes
para almacén de chatarra.
Llegaba temprano siempre
y en el pórtico esperaba
a don Antonio el maestro
que, aunque siempre usó la vara,
nos enseñaba a estudiar
física, historia, gramática,
a echar cuentas y a escribir
derecho y con letra clara.

Mi pueblo ya no es mi pueblo
cuando en las grandes nevadas
y en noches de filandón
miraba en el llar la llamas
brillar y danzar, al aire
de antiquísimas tonadas,
y oía historias de lobos
y hermosos cuentos de xanas
y a la par viejos romances:
aquel de “la loba parda”,
“Don Bueso”, o “La blanca niña...
¿dónde está la niña blanca...?”
En la mesa del escaño
jugaban cuatro a las cartas.
Mi pueblo ya no es mi pueblo
ni es ya su luna tan clara
iluminando los montes
tiñéndolos de nostalgia,
solo me queda brillando
un no sé qué sobre el alma
y aquel dudoso por qué
de una divina llamada.
Y también me queda el río
que como mi vida pasa
saltando de piedra en piedra.
Si un momento se remansa
vuelve a seguir con el mismo
mur mur con que se acompaña.
Por eso me acerco a él
y entre cortadas palabras
le voy contando mis penas
y el secreto de mis lágrimas,
en verano por las tardes
de invierno por las mañanas.
Y puesto que lo que lloro
o añoro es agua pasada
lo voy echando al olvido
y escucho correr el agua.
J.M.F |