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NO ME DIGÁIS ADIÓS...
(Texto leído el día 30 de junio de 1999, miércoles, a las 11 de la mañana... Era el último claustro al que asistí como profesor de Religión del Instituto Menéndez y Pidal. Nunca olvidaré la amistad que me brindasteis. A todo el profesorado y alumnado mi eterna gratitud...)
No me digáis adiós, que el adiós sabea sal, a lejanía y a destierro. No me digáis adiós. A los amigos no se les dice adiós, sino... hasta luego.
Hoy tengo yo un deber: daros las gracias a todos, compañeras, compañeros, alumnos, empleados, Instituto... os llevaré ya siempre muy adentro. Con vosotros gozoso he compartido la charla, el comentario, el parloteo, los claustros discutidos, una orden emanada sin más del Ministerio, quién va a pedir traslado, quién se casa o bautiza o quién se encuentra enfermo y quien tiene por fin que jubilarse... -aún me tiembla la carta entre los dedos...-
No me digáis adiós... Yo llegué un día, pobre náufrago en medio del océano, venía, ya sabéis, del San Fernando. No había parecido alguno a esto: Allí había que hacer lo que mandaba, con razón o sin ella, el reglamento: había que rezar... y se rezaba había que ir al templo... y se iba al templo.
Cuando al fin arribé a este Instituto ¡todo fue tan distintamente bello! Aquí estuve de paso algunas veces, también había estado en el Carreño y en alguno otro más, con parecidos patrones, disciplina, plan y métodos. -De nobleza es citar La Magdalena, tengo amigos allí, con los que cuento-, pero nunca me hubiera imaginado que me dierais aquí este acogimiento cuando un día el Obispo me envió por la baja de un compañero enfermo.
Me parece aún ayer... y desde entonces nevaron tantos días los inviernos... Me voy cara al verano, a ver nacer el que han dado en llamar tercer milenio, es el último curso de este siglo, ¡con tres nueves...!, si sirve de consuelo, que aunque llega el milenio sobre ruedas también llega con unos cuantos ceros.
Tampoco imaginé el día que vine, -ni en sueños tan siquiera-, este momento donde al cabo de mis cuarenta años las mismas disciplinas impartiendo, llegara un día al fin de despedida, el fin de esta otra etapa. Y me rebelo por tener que dejar tantos amigos, por tener que dejar ahora el Centro pues dijeron que toca a jubilarse. Menos mal que al ser año jacobeo así puedo, sin ir a Compostela, ganar desde mi casa un Jublileo.
Sin embargo la pena se ha asomado al balcón de mi adiós por un momento. Para mí estos años sólo han sido un remanso de paz, y de recuerdos. Seguiré recordándoos a todos y añorando estos días mucho tiempo, el tranquilo ambular por los pasillos, el café con sabor a reencuentro, el subir y bajar por la escalera en la cual se paraba el minutero, y la prensa diaria, el chascarrillo, y el ameno charlar... y el cenicero repleto de colillas, los avisos que penden cada día del tablero, la apacible y tranquila Biblioteca donde siempre se encuentra un libro nuevo. Y la voz que de cuando en vez se oía, -parecía bajada de los cielos por venir de lo alto-: ¡Atención!, ¡don Fulano, le llaman al teléfono...! ¡que baje don citano a portería...! seguro que era un padre o un librero. Y los lunes teñidos de tristeza, y el martes lentamente discurriendo, y el miércoles que parte la semana para entrar en un jueves casi eterno. Los viernes, con el sábado a la vista la semana dejaban ya en suspenso, que están en singular domingo y sábado en tanto que en plural están el resto.
Y esto siempre... En octubre, y en noviembre, en diciembre, en enero y en febrero cuando empiezan los álamos del patio a echar hojas, y empiezan los jilgueros a anidar en las mentes ¡cuantos pájaros en los años felices quinceañeros! ¡Cuántos nidos de niñas ilusiones repicando en las ramas de los sueños! Que también sueñan ellos con el sábado... -sin el sábado no sé que fuera de ellos pues la dulce esperanza de ese día siempre es joven...en cambio el lunes viejo...- Entre tanto la dura disciplina, la alegre indisciplina del recreo, la sonrisa de algún sobresaliente y las lágrimas amargas de un suspenso. Y al fondo don Ramón... siempre estudiando como un sabio, queriendo dar ejemplo... don Menéndez Pidal..- me cupo en suerte en mis jóvenes años conocerlo-.
No me digáis adiós... Yo llegué un día un tanto receloso hasta este Centro. Me decían que no les era fácil enseñar religión aquí a los clérigos. Yo después de seis años os diré que siempre los caminos hallé abiertos, di las clases feliz, en lo posible, expliqué qué es la fe y los sacramentos, qué es la Biblia y las otras religiones, les hablé de Mahoma y de Lutero, les hablé de igual modo de otros temas cuando más de una vez venía a cuento. Es mi modo de ser. Pienso que el mundo necesita de Dios y del misterio, que le sobra, quizá, técnica, y falta amor y comprensión y entendimiento. Los que han hecho los campos de exterminio tenían la carrera de ingenieros. Los autores de Auschwitz y Dachau eran químicos y en su materia expertos. Allí había cabezas bien pensantes que actuaban a pleno rendimiento pero faltaba ética y conciencia, faltaba la moral... Todos sabemos que allí no estaba Dios y allí fue el caos, allí no estaba Dios y fue el infierno. Por eso yo he tratado en estos años además de inculcar conocimientos enseñar los caminos de la vida, enseñar el camino que va al cielo... Lo que ya no sabré es el resultado, si lo que hice fue acierto o desacierto...
Me estaba despidiendo y me ha salido una plática... perdón, perdón por ello.
Y ya no sigo más. Sé que he abusado de este largo discurso y me arrepiento no sin antes, con mi mayor abrazo y con todo el amor y todo afecto, deciros que os queda de un amigo el corazón de par en par abierto para seguir viniendo alguna vez a tomar un café en algún recreo. Algún día vendré, contad conmigo a soñar, como dicen, tiempos viejos... Y ahora punto final porque no es justo querer irme... robando vuestro tiempo. Me despido sin más, la vida sigue pero a la vez de nuevo os hago un ruego:
No me digáis adiós, que el adiós sabe a sal y a lejanía y a destierro. Yo no os digo adiós... a los amigos yo no les digo adiós... sino hasta luego...
José Manuel Feito Profesor de Religión
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