Cuando te vi en la noche,
sonriendo,
hermosa y
primorosa
me dije:
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Si puedo...
Libar la miel de tus pezones,
la sal
de tus axilas,
la arena fina de tu ombligo.
Y, si llego hasta tu encendida
fronda
y el sabor de tu misterio pruebo,
escribiré otro poema.
Del
fruto prohibido he gustado,
tras disfrutar sin recato ni medida tus
encantos
perdí para siempre el paraíso,
aunque hoy gano mi pan con el
sudor
por tu cuerpo conocido.
Lo prometido es deuda:
escribo este
otro poema que en realidad es el mismo.
A veces si se baña uno dos veces en el fluir del mismo sexo.